Te di ojos y miraste a las tinieblas (Anagrama, 2023) es una novela original, que hace pensar y que enamora por cómo la autora utiliza el lenguaje. Después del impacto de Canto yo y la montaña baila, Irene Solà vuelve a situarnos en un territorio rural, áspero, atravesado por lo mítico y lo ancestral. Esta vez, el centro es una masía aislada en Las Guillerías y las mujeres que la han habitado durante generaciones. Un solo día —estructurado en las horas que van de la madrugada a la noche— sirve como eje para desplegar siglos de historia familiar, supersticiones, pactos oscuros y heridas heredadas.


No es una novela de trama lineal. No hay una progresión clásica ni un conflicto que se resuelva al final. Lo que hay es una constelación de voces. Mujeres, fantasmas, recuerdos, rumores. La sensación es la de escuchar historias al calor del fuego, donde lo real y lo legendario conviven sin jerarquías.

El gran logro de Solà vuelve a ser el lenguaje. Es una prosa física, casi táctil. Hay tierra, hay sangre, hay sudor. Hay imágenes que incomodan y otras que hipnotizan. La autora no edulcora lo rural ni lo convierte en postal estética: lo muestra con crudeza, con una dimensión corporal que a veces roza lo escatológico. Esa apuesta puede fascinar o saturar, pero es coherente con el universo que construye.

La estructura fragmentaria exige atención. Los saltos temporales y la polifonía no están señalizados de forma complaciente. El lector tiene que orientarse, reconstruir parentescos, entender ecos y repeticiones. No es una lectura ligera. Pero tampoco pretende serlo. Aquí el interés no está en “qué va a pasar”, sino en cómo resuenan las historias cuando se superponen.

Uno de los ejes más potentes es la idea de la herencia: no solo genética, sino simbólica. La culpa, el deseo, la violencia, la religión, el miedo… todo parece transmitirse como una maldición. El supuesto pacto con el diablo funciona más como metáfora que como elemento fantástico explícito: lo verdaderamente inquietante no es lo sobrenatural, sino lo humano.

¿Tiene riesgos? Sí. El ritmo es irregular y algunos episodios pueden sentirse excesivos o reiterativos. En ciertos momentos la acumulación de imágenes densas provoca saturación. Pero incluso en sus desbordes hay una coherencia estética muy clara: Solà escribe desde el exceso porque su mundo narrativo es excesivo.

Es una novela atmosférica, ambiciosa y profundamente literaria. No busca agradar a todos los lectores, y eso, en cierto modo, la fortalece. Quien entre en su lógica encontrará una experiencia intensa y sensorial. Quien busque una historia tradicional quizá se frustre.

A mí me interesa ese riesgo: el de una autora que confía en el poder del lenguaje por encima de la anécdota. Te di ojos y miraste a las tinieblas no se limita a contar una saga familiar; construye un imaginario donde la memoria, el cuerpo y la oscuridad se entrelazan sin pedir permiso.

Si decides leerla, hazlo sin prisas. Y deja que la casa, las mujeres y sus sombras te hablen.


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