Hay tragedias que buscan compasión. Fernando Vallejo busca confrontación.En La virgen de los sicarios, publicada en 1994, la violencia del narcotráfico en Medellín no se narra desde el realismo social tradicional ni desde el testimonio compasivo. Se narra desde una voz furiosa, culta, hiperbólica, irónica. Una voz que ama y desprecia al mismo tiempo.
Dentro de la serie de tragedia cómica, Vallejo ocupa un lugar incómodo: aquí la risa no es carcajada abierta, sino sarcasmo corrosivo. El humor no suaviza la muerte; la trivializa deliberadamente para exhibir su normalización.
La tragedia sin ilusión moral
El narrador —trasunto evidente del propio Vallejo— regresa a Medellín y establece una relación con jóvenes sicarios. La ciudad es un espacio degradado, saturado de asesinatos cotidianos. La muerte es tan frecuente que pierde excepcionalidad.
Esa es la base trágica: una sociedad donde matar es rutina.
Pero lo decisivo es el tono. El narrador comenta los asesinatos con una mezcla de erudición, blasfemia y comentarios irónicos. La acumulación de cadáveres se convierte en ritmo narrativo. El lector se ve arrastrado por una voz que no concede descanso moral.
La tragedia ya no se construye por destino o caída heroica. Se construye por saturación.
La voz como espectáculo
Vallejo no escribe para representar; escribe para arremeter. La novela es, en gran parte, un monólogo torrencial. Digresiones lingüísticas, ataques contra la Iglesia, el Estado, la reproducción humana, la política. La violencia externa se acompaña de violencia verbal.
Ese exceso es deliberado. La hipérbole genera un efecto cómico incómodo. El lector puede sonreír ante la desmesura del discurso, incluso mientras asiste a ejecuciones casi mecánicas.
Aquí la tragedia cómica no surge del contraste entre dolor y ternura, como en Vonnegut, ni del grotesco marginal, como en Welsh. Surge del cinismo ilustrado. De la inteligencia que observa el desastre y decide no fingir esperanza.
Amor y muerte sin redención
La relación afectiva entre el narrador y los jóvenes sicarios introduce un matiz perturbador. Hay ternura real, pero está atravesada por la certeza de la muerte inminente. El amor no salva. Apenas acompaña.
Vallejo elimina cualquier ilusión de transformación social. No hay proyecto colectivo. No hay salida estructural. La ciudad es un organismo condenado que sigue funcionando.
Y, sin embargo, la prosa es vibrante. Musical. Precisa en su rabia.
Riesgos y límites
El principal riesgo de Vallejo es la saturación retórica. La acumulación de invectivas puede generar fatiga. El lector puede percibir repetición en la indignación.
Además, su postura radical —antinatalista, anticlerical, antipolítica— no admite matices. Esa rigidez puede interpretarse como fuerza o como reducción ideológica.
Pero dentro de la tragedia cómica, ese extremismo cumple una función: llevar la ironía hasta el límite.
¿Por qué funciona en esta serie?
Porque convierte la violencia real en espectáculo verbal sin estetizarla. La exageración expone la descomposición moral. La risa que aparece es incómoda, casi culpable.
Vallejo demuestra que cuando la muerte se vuelve estadística, la única respuesta posible puede ser el sarcasmo feroz. No hay catarsis. Hay lucidez amarga.
Para leer a Vallejo
- Obra recomendada: La virgen de los sicarios
- Por qué leerla: Porque transforma la violencia urbana en una tragedia narrada con furia culta y humor corrosivo, donde la risa no redime, pero revela.
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