Lucía en la noche (Editorial Espasa, 2019) confirma algo que a estas alturas ya no sorprende: Juan Manuel de Prada es uno de los narradores más personales del panorama literario español contemporáneo. Su escritura no busca agradar; busca remover, incomodar, obligar a mirar allí donde preferiríamos apartar la vista.


La novela se articula en torno a Lucía, un personaje que funciona a la vez como sujeto narrativo y como símbolo. No estamos ante una protagonista construida para la empatía inmediata. Lucía es frágil, contradictoria, a ratos desorientada y a ratos lúcida de una manera casi cruel. Esa ambivalencia es uno de los mayores aciertos del libro: Prada no simplifica la psicología de sus criaturas. Las expone.

La “noche” del título no es solo una circunstancia temporal. Es una categoría moral. Es el espacio donde las certezas se diluyen, donde el deseo se impone a la conciencia y donde las máscaras sociales se deslizan con mayor facilidad. La novela se mueve en esa penumbra ética constante, en ese territorio donde nadie es inocente y nadie es del todo monstruo.

Uno de los aspectos más comentados —y discutidos— de la obra de Prada es su estilo. Aquí despliega una prosa densa, de frase larga, subordinación compleja y un léxico que a veces roza lo arcaizante. No es descuido: es programa estético. Prada escribe contra la simplificación expresiva dominante. Frente a la narrativa de frase corta y ritmo audiovisual, apuesta por una cadencia envolvente, casi hipnótica, que exige atención sostenida.

Este estilo tiene consecuencias. Por un lado, genera una atmósfera opresiva y coherente con el universo moral de la novela. Por otro, ralentiza el ritmo en determinados pasajes. Hay momentos en los que la exuberancia retórica puede tensar la paciencia del lector menos dispuesto a dejarse arrastrar por la musicalidad del lenguaje. Sin embargo, esa densidad forma parte del pacto: quien entra en esta novela sabe que no está ante una lectura ligera.

En el plano temático, la obra aborda cuestiones recurrentes en el imaginario del autor: la degradación moral contemporánea, la manipulación emocional, la cosificación del cuerpo, la hipocresía cultural y la banalización del mal. Pero lo interesante es que no se limita a denunciar. La novela muestra. Coloca al lector ante situaciones incómodas y lo obliga a posicionarse.

Lucía, en este sentido, no es solo una víctima ni solo un agente de sus decisiones. Es ambas cosas. Prada evita la simplificación moral. La protagonista se mueve entre la vulnerabilidad y la responsabilidad, y esa tensión es lo que dota al relato de densidad ética. No hay redenciones fáciles ni castigos ejemplarizantes. Hay consecuencias.

La construcción de personajes secundarios refuerza esta sensación de asfixia moral. No funcionan como meros apoyos argumentales, sino como espejos deformantes que amplifican las debilidades de la protagonista y del entorno que la rodea. La novela, en conjunto, opera como una radiografía de determinadas dinámicas sociales contemporáneas, especialmente en lo que respecta al poder y al deseo.

Otro aspecto destacable es la coherencia del universo pradesco. Quien conozca obras anteriores del autor reconocerá sus obsesiones: el interés por lo decadente, la fascinación por los márgenes, la crítica a la superficialidad cultural y la insistencia en la dimensión espiritual del conflicto humano. Lucía en la noche se inscribe con naturalidad en esa trayectoria, pero lo hace con una intensidad particular.

Si hay que señalar un riesgo, sería el del exceso discursivo. En algunos tramos, el componente ideológico se impone sobre la acción narrativa, y el relato pierde algo de tensión dramática. Sin embargo, esa inclinación reflexiva es también parte de la identidad del autor. Prada no escribe solo para contar una historia; escribe para interpretar el mundo.

En definitiva, Lucía en la noche es una novela exigente, estilísticamente ambiciosa y moralmente incómoda. No es una lectura para quien busque evasión. Es, en cambio, una propuesta sólida para lectores que disfrutan de una narrativa intensa, reflexiva y formalmente trabajada.

Que la novela guste o incomode dependerá del lector. Pero es difícil negarle personalidad, coherencia y una apuesta estética firme. Y en un panorama donde abunda la corrección previsible, eso ya es mucho.


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