Las crines (Siruela, 2025), de Marc Colell, galardonada con el Premio Café Gijón, es una novela que confirma la madurez de una voz narrativa consciente de sus herramientas y segura en su apuesta estética. La obra se inscribe en esa tradición literaria que privilegia la introspección, el paisaje y la experiencia interior por encima del argumento convencional.
La novela propone el viaje de un hombre que abandona su entorno habitual para instalarse en la pampa argentina. Lo que podría convertirse en un relato de aventuras o de choque cultural deriva, sin embargo, en una exploración íntima del aislamiento, la memoria y la percepción. El desplazamiento físico actúa como detonante de un proceso interior más profundo: el protagonista no solo cambia de geografía, sino de ritmo vital, de mirada y de relación con el tiempo.
La pampa no es un decorado exótico. Es un espacio que condiciona la respiración narrativa. La amplitud, el silencio y la repetición de lo natural construyen una atmósfera que impregna cada página. Colell logra que el lector sienta la intemperie, la distancia y la quietud sin necesidad de subrayados enfáticos. La naturaleza aparece integrada en la conciencia del narrador, hasta el punto de que paisaje y subjetividad terminan fundiéndose.
El recurso epistolar —las cartas dirigidas a una amiga ausente— aporta una capa adicional de intimidad. Esta estructura permite una confesión sin estridencias, una reflexión que no busca exhibirse sino comprenderse. El lector accede así a una voz que piensa mientras narra, que observa mientras se interroga. La novela avanza no tanto por acontecimientos como por revelaciones graduales, por pequeñas modulaciones del ánimo.
Estilo
El estilo de Colell se caracteriza por la contención y la precisión. No hay exuberancia verbal ni acumulación ornamental. La prosa es limpia, de frase medida, con un léxico cuidado que evita tanto la banalidad como el exceso lírico. Esa sobriedad es una elección consciente: el autor parece confiar en que la intensidad no necesita alzar la voz.
Las descripciones del entorno muestran un dominio notable del detalle significativo. No se trata de enumerar elementos del paisaje, sino de seleccionar aquellos que dialogan con el estado emocional del protagonista. El resultado es una escritura sensorial pero nunca recargada, capaz de sugerir densidad atmosférica con pocos trazos.
También destaca la coherencia tonal. La novela mantiene una cadencia estable, casi meditativa, que refuerza la sensación de aislamiento y contemplación. Esa regularidad rítmica no empobrece el texto; al contrario, le otorga una identidad clara y reconocible. Se percibe un autor que sabe qué registro quiere sostener y lo mantiene con disciplina.
Técnica narrativa
Desde el punto de vista técnico, la elección de la forma epistolar es central. Las cartas funcionan como dispositivo de focalización interna: todo está filtrado por la subjetividad del narrador. Esta focalización cerrada intensifica la experiencia de soledad y convierte la novela en un espacio de pensamiento más que de acción.
La construcción del tiempo es otro aspecto relevante. El ritmo no se apoya en grandes giros argumentales, sino en la acumulación de momentos cotidianos que, poco a poco, adquieren sentido. Hay una apuesta clara por la lentitud como forma de conocimiento. El tiempo narrativo se dilata, imitando el tempo del entorno rural y reforzando la coherencia entre forma y contenido.
Los personajes secundarios aparecen dosificados, sin desplazar el eje central. Su presencia contribuye a ampliar el mundo narrativo, pero siempre en función del proceso interior del protagonista. Esta economía en la caracterización revela un control técnico que evita la dispersión.
En conjunto, la novela demuestra una pericia notable en la gestión del punto de vista, del ritmo y de la atmósfera. No busca impresionar con artificios estructurales, sino consolidar una experiencia de lectura sostenida y coherente.
Conclusión
Las crines es una obra que apuesta por la introspección, la precisión estilística y la construcción de atmósferas. Marc Colell confirma aquí su capacidad para convertir el paisaje en materia literaria y para sostener una voz narrativa firme, serena y consistente. El reconocimiento del Premio Café Gijón no solo celebra una historia, sino una manera de entender la literatura: atenta, reflexiva y bien construida.
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