Hay algo honesto —y también provocador— en titular una novela El mejor libro del mundo (Ediciones Destino, 2024). En esa formulación conviven ironía, ambición y una confesión implícita: todo escritor, en algún rincón secreto de su conciencia, ha deseado escribir ese libro definitivo. En esta novela, Manuel Vilas convierte esa aspiración en el eje de una narración que se mueve entre la autobiografía, la autoficción y la reflexión ensayística. El resultado es un texto que no busca tanto contar una historia externa como explorar el interior de quien escribe.

Técnica narrativa: la escritura como argumento

La novela está construida en primera persona, con una estructura fragmentaria que recuerda al diario íntimo o al cuaderno de notas. No hay una trama clásica con conflicto, clímax y desenlace. El verdadero conflicto es interior: la tensión entre el deseo de grandeza literaria y la conciencia constante de la propia fragilidad.

Vilas utiliza una técnica basada en la acumulación de escenas cotidianas, pensamientos, recuerdos y reflexiones sobre el éxito, el reconocimiento y la muerte. La acción no avanza hacia un acontecimiento externo, sino hacia una toma de conciencia progresiva. La literatura, en este caso, no es el medio para contar algo: es el propio tema central.

Esta elección formal sitúa la obra en el territorio de la autoficción contemporánea, donde la identidad del narrador y la del autor dialogan de manera deliberada. El lector no busca tanto “qué va a pasar” como “qué va a pensar” o “qué va a confesar” el narrador en la página siguiente.

Estilo literario: confesión, ironía y desarme

El estilo de Vilas es reconocible: directo, transparente, emocional sin caer en la retórica excesiva. Hay una voluntad clara de despojar la prosa de artificio innecesario. La frase tiende a la claridad y al ritmo oral, como si el narrador estuviera pensando en voz alta.

Uno de los rasgos más interesantes es el uso de la ironía como mecanismo de defensa. El título mismo encierra una sonrisa ambigua: ¿es una provocación?, ¿una broma?, ¿una aspiración sincera? Esa ambivalencia atraviesa todo el libro.

La voz narrativa oscila entre la exaltación y la vulnerabilidad. Vilas habla del síndrome del impostor, del deseo de trascendencia, del miedo al olvido. Pero lo hace sin solemnidad excesiva. Hay momentos de humor, que equilibran la densidad reflexiva.

El estilo, en definitiva, es confesional pero consciente de sí mismo. No se trata de una confesión ingenua, sino literariamente construida.

Una novela sobre el deseo de permanecer

Más allá de su estructura y su estilo, el libro plantea una cuestión universal: ¿por qué escribimos? ¿Para ser leídos? ¿Para ser recordados? ¿Para salvarnos?

Vilas transforma la obsesión por escribir “el mejor libro del mundo” en una metáfora del deseo humano de permanencia. La literatura aparece como un intento de fijar la identidad frente al paso del tiempo.

El lector asiste a esa lucha íntima con una mezcla de complicidad y curiosidad. No porque espere una gran intriga, sino porque reconoce en esas dudas algo profundamente humano.

La insistencia en la ambición, la inseguridad y el deseo de trascendencia puede resultar en algunos momentos reiterativa, ya que la novela vuelve de forma persistente sobre esos mismos ejes. Sin embargo, esa repetición refleja con acierto el funcionamiento del síndrome del impostor, una duda constante que no afecta solo a los escritores, sino que forma parte de la condición humana. En ese sentido, más que un defecto estructural, esa circularidad termina reforzando la honestidad del libro y su dimensión universal.

Para quién es este libro

Es una lectura especialmente atractiva para quienes disfrutan de la literatura que reflexiona sobre sí misma, para lectores interesados en los procesos creativos y en la figura del escritor contemporáneo. No es una novela de acción ni de suspense es una novela de conciencia.

Con esta obra, Manuel Vilas reafirma su lugar dentro de la narrativa española actual como un autor que convierte la experiencia personal en materia literaria y que no teme exponerse en el proceso.


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