La máquina de hacer pájaros, de Natalia García Freire, es un libro de relatos que se instala con decisión en lo extraño, lo corporal y lo emocionalmente desviado. No hay aquí voluntad de realismo ni de reconstrucción autobiográfica: lo que articula el volumen es una lógica de deformación, de exceso controlado, donde lo fantástico, lo grotesco y lo sentimental conviven sin jerarquías claras.


El libro se compone de once relatos: Las Lumbres; Hasta que desearas dejar tu corazón sin sangre; Formas de reparar lo que no está roto; Yo amo a Paquita Gallegos; Tecnocumbia para el fin del mundo; Amor mío, corazón de otro; La máscara de oso; Cabeza quemada; La balada del vaquero espacial; La persona de la que te enamoraste y Cómo desaparecer completamente. Aunque independientes, comparten una misma atmósfera: personajes desajustados, cuerpos en transformación, afectos torcidos y una constante sensación de extrañamiento.

Desde el relato inicial, Las Lumbres, García Freire marca el tono: lo doméstico se vuelve inquietante, lo simbólico invade la escena sin explicación y el lector debe aceptar una lógica que no se rige por el realismo psicológico. Esa estrategia se mantiene en cuentos como Formas de reparar lo que no está roto o Amor mío, corazón de otro, donde la escritura se interesa más por el gesto, la imagen y la pulsión que por la coherencia causal.

Uno de los rasgos más visibles del libro es su imaginario corporal. En relatos como Cabeza quemada o La máscara de oso, el cuerpo aparece como espacio de violencia, mutación o máscara. No se trata de shock gratuito, pero sí de una poética que busca incomodar, desplazar al lector y obligarlo a leer desde un lugar menos seguro. En ese sentido, el libro dialoga con una tradición del cuento latinoamericano contemporáneo que entiende lo raro no como escapismo, sino como una vía legítima para explorar el afecto, la identidad y el deseo.

El tono se desplaza con inteligencia en piezas como Yo amo a Paquita Gallegos o Tecnocumbia para el fin del mundo, donde entran en juego el humor, lo kitsch y la cultura popular. Aquí García Freire se permite una ironía más visible, incluso un registro cercano a la parodia, sin que el libro se fracture. Estos relatos funcionan como contrapunto dentro de un conjunto denso, aportando variación rítmica y evitando la monotonía atmosférica.

No todos los cuentos alcanzan la misma potencia. Algunos —especialmente Hasta que desearas dejar tu corazón sin sangre o La persona de la que te enamoraste— dependen en exceso de su clima emocional y corren el riesgo de diluirse si el lector no conecta con ese registro. Hay momentos en los que la acumulación de rareza sustituye al desarrollo, y la insistencia estilística puede generar una cierta sensación de reiteración. Es un riesgo asumido, pero conviene señalarlo.

Desde un punto de vista técnico, García Freire trabaja el relato desde la elipsis, la acumulación de imágenes y la suspensión deliberada de la causalidad clásica. Los cuentos no avanzan por conflicto y resolución, sino por asociaciones, desplazamientos y atmósferas. La focalización suele ser interna o muy próxima al personaje, aunque sin caer en el psicologismo: lo emocional se expresa a través de acciones mínimas, transformaciones físicas o elementos simbólicos. El lenguaje es preciso, pero deliberadamente inclinado hacia lo sensorial y lo perturbador; la autora privilegia el impacto de la escena sobre la explicación. Esta técnica exige un lector activo, dispuesto a aceptar lagunas, silencios y finales abiertos como parte constitutiva del sentido.

En este marco, La máquina de hacer pájaros se inscribe con naturalidad en el catálogo de Páginas de Espuma, una editorial que ha apostado de forma sostenida por el cuento como espacio de riesgo formal y densidad literaria. El libro dialoga con una línea editorial centrada en voces singulares, imaginarios no domesticados y una concepción del relato que huye del efectismo fácil. No se trata de una obra experimental en sentido radical, pero sí de un volumen que responde a una política editorial clara: priorizar la identidad estética y la coherencia del conjunto frente a la narración complaciente o de consumo rápido.

El cierre con Cómo desaparecer completamente resulta coherente con el proyecto del libro: no ofrece una conclusión cerrada, sino una disolución, casi un gesto de retirada. Es un final acorde con un volumen que no busca respuestas ni moralejas, sino insistir en la fragilidad de los vínculos y en la inestabilidad de las identidades.

En conjunto, La máquina de hacer pájaros es un libro ambicioso y deliberadamente irregular, que apuesta por una narrativa de riesgo. No todos los relatos funcionan con la misma intensidad, pero el conjunto sostiene una voz reconocible y una voluntad estética firme. García Freire no escribe para tranquilizar al lector, sino para descolocarlo. Y eso, en el panorama actual del cuento latinoamericano, sigue siendo una virtud. Ha sido una lectura excelente, algo que no es excepcional en el catálogo de Páginas de Espuma, aunque siempre sorprende comprobar que, incluso leyendo casi a diario, todavía es posible encontrar verdaderas joyas.


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