William S. Burroughs nació el 5 de febrero de 1914 en St. Louis, Misuri, en el seno de una familia acomodada. Ese dato, anecdótico, es clave para entender la violencia simbólica de su obra: Burroughs no escribe desde la marginalidad heredada, sino desde una posición de privilegio que decide dinamitar conscientemente. Pocos autores del siglo XX llevaron tan lejos la voluntad de sabotear la moral, el lenguaje y las estructuras narrativas de la literatura occidental.
Asociado de manera casi automática a la Generación Beat, Burroughs es, en realidad, su miembro más difícil de clasificar. Mientras Kerouac encarnaba la épica del viaje y Ginsberg el lirismo visionario, Burroughs se adentró en una escritura fría, fragmentaria, obsesiva, más cercana al experimento clínico que al canto generacional. No buscaba iluminar al lector, sino infectarlo.
Su vida estuvo marcada por la adicción a la heroína, la errancia geográfica y un episodio trágico que atravesará toda su obra: la muerte de su esposa Joan Vollmer en 1951, a la que mató accidentalmente al disparar una pistola durante un juego de Guillermo Tell en México. Burroughs afirmó más tarde que sin ese suceso nunca habría llegado a ser escritor. La afirmación no es una pose: su literatura está atravesada por la culpa, la disociación y la imposibilidad de redención.
Su primera novela publicada, Yonqui (1953), se presenta como un relato casi documental sobre la adicción. El tono es seco, desprovisto de sentimentalismo, antiromántico. Burroughs no moraliza ni busca empatía; describe. Esta elección estilística será constante en su obra: la experiencia extrema no se subraya, se expone como un hecho más, lo que provoca en el lector una incomodidad persistente.
El punto de inflexión llega con El almuerzo desnudo (1959), su obra más célebre y también la más polémica. No es una novela en sentido tradicional, sino un mosaico de escenas, imágenes, monólogos y fragmentos que pueden leerse en cualquier orden. Burroughs rompe de forma consciente con la linealidad narrativa y con la causalidad clásica. El resultado es un texto alucinado, grotesco, obsceno, pero también lúcido en su crítica al poder, al control social y a los mecanismos de dominación.
Uno de los aspectos más relevantes de su legado es la concepción del lenguaje como virus. Para Burroughs, el lenguaje no es una herramienta neutra, sino un sistema de control que condiciona el pensamiento y el comportamiento. De ahí su interés por el método del cut-up, desarrollado junto a Brion Gysin, que consiste en cortar y reorganizar textos de forma aleatoria para romper las estructuras lógicas del discurso. Más que un juego experimental, el cut-up es una estrategia política: desactivar el lenguaje para desactivar el poder.
Esta obsesión por el control atraviesa buena parte de su obra posterior, especialmente la llamada Trilogía Nova (La máquina blanda, El billete que explotó y Nova Express). En estos libros, la narración se disuelve casi por completo en favor de una escritura fragmentaria, repetitiva y circular. No hay progresión, no hay desarrollo psicológico convencional. Hay, en cambio, una insistencia casi hipnótica en ciertos motivos: el cuerpo como territorio colonizado, la adicción como sistema, la sexualidad como espacio de conflicto y el tiempo como trampa.
Desde un punto de vista literario, Burroughs plantea un desafío. Su obra no busca agradar, ni siquiera ser comprendida en un primer nivel. Exige un lector activo, dispuesto a abandonar expectativas narrativas tradicionales. Esto explica tanto su influencia enorme como su lectura minoritaria. Burroughs ha sido decisivo para la literatura experimental, pero también para la música, el cine y la cultura pop: desde David Bowie hasta Patti Smith, desde el punk hasta el cyberpunk, su sombra es alargada.
Sin embargo, conviene leerlo hoy sin complacencia. Hay en su obra elementos problemáticos: misoginia, violencia sexual, una representación del cuerpo y del deseo que incomoda con razón. La tentación de justificarlo todo en nombre de la transgresión es tan pobre como la de cancelarlo sin análisis. Burroughs no es un autor cómodo, ni debería serlo. Su valor reside en esa incomodidad persistente.
A casi tres décadas de su muerte, William S. Burroughs sigue siendo un escritor más citado que leído, más mitificado que analizado. Recuperarlo implica asumir el riesgo de una literatura que no ofrece consuelo, que no promete redención y que entiende la escritura como un campo de batalla. En tiempos de narrativas pulidas y emociones prefabricadas, su obra sigue funcionando como un cuerpo extraño: incómodo, corrosivo, necesario.
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