En Puerto sin mar, Esther Abellán ha creado un territorio poético donde la desolación y la esperanza conviven en tensión constante. El eje simbólico del libro, un mar que se ha secado, o que quizá nunca estuvo allí, funciona como poderosa metáfora de pérdida, desarraigo y erosión interior. Este espacio árido, cercano a la imagen devastadora de mares desaparecidos o convertidos en desiertos, articula un poemario que no se limita a la contemplación de la ruina, sino que busca en sus grietas la posibilidad de un renacimiento.


Abellán trabaja con un lenguaje sobrio, nítido y cargado de resonancia emocional. Desde los primeros poemas, el lector se enfrenta a una voz que observa el vacío, pero no se derrota ante él: la sequedad del paisaje refleja la soledad, el agotamiento afectivo y una sociedad que parece haber olvidado sus propios cauces vitales. Sin embargo, lejos de caer en el lamento, la autora orienta su mirada hacia la resistencia íntima: la palabra como única agua posible, el poema como acto de afirmación ante la pérdida.

Uno de los grandes aciertos, en mi opinión, de este poemario es cómo hila lo personal y lo colectivo. El mar seco es una geografía interior, los naufragios emocionales, las heridas que siguen supurando, pero también una denuncia de un mundo en el que lo esencial desaparece sin alarma. Hay ecos ecológicos, sociales e incluso éticos que amplían el alcance del texto sin convertirlo en un panfleto. La poesía de Abellán se sostiene sobre la sugerencia, no sobre la evidencia

El puerto del título se erige como la imagen más esperanzadora del libro. Si el mar ha desaparecido, si la vida se ha replegado hasta lo inhabitable, ¿qué puede ser un puerto sino un lugar de espera, salvación o memoria? Ese espacio simbólico (refugio, promesa, cobijo precario) funciona como contrapunto luminoso del poemario. No es una luz ingenua, sino suficiente para sostenerse y recordar que aún queda algo que proteger o recuperar.

A nivel formal, Abellán opta por poemas concentrados, de ritmo medido y respiración breve. No hay exceso ni ornamentación; cada verso parece depurado hasta lo esencial. Esa austeridad refuerza la atmósfera de sequedad del libro y potencia su intensidad. Puerto sin mar se lee como un itinerario emocional entre ruinas, donde el dolor no se dramatiza, sino que se observa con lucidez.

El resultado es un poemario compacto y coherente, con unidad simbólica. Puede que algunos lectores echen en falta mayor variedad tonal o desarrollo más amplio de los motivos, pero la elección de Abellán refuerza un impacto emocional concentrado. La autora sabe lo que quiere decir y encuentra la forma exacta de decirlo.

En definitiva, Puerto sin mar interpela desde la intimidad y la conciencia del mundo. Habla de lo que se pierde, pero también de lo que resiste. Es un libro que invita a detenerse, a escuchar el silencio de un mar ausente y a descubrir, en esa quietud, el impulso de seguir adelante. Una obra que demuestra que la poesía sigue siendo un espacio de conversación entre lo devastado y lo vivo.


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