Hay autoras que no necesitan una bibliografía extensa para ser imprescindibles. Basta con unas pocas obras —pero decisivas— para abrir una grieta en la tradición y cambiar la forma de narrar. María Luisa Bombal es una de ellas. Su Obra completa (Seix Barral) reúne una producción breve, sí, pero tan intensa y tan singular que uno termina el libro con la sensación de haber leído algo mayor: una escritura que sigue respirando modernidad, riesgo y belleza.
Durante mi juventud, el desconocimiento que tenía de las autoras fue, visto con perspectiva, asombroso. El canon que llegaba a mis manos estaba construido casi exclusivamente por nombres masculinos, como si la literatura se hubiera escrito desde un único lugar. Ha sido solo en los últimos años cuando he empezado a descubrir escritoras extraordinarias, muchas de ellas injustamente olvidadas o relegadas a una nota al pie. Por ese motivo —aunque sigo leyendo de todo, como ha sido siempre habitual en mí— he buscado libros de esas voces silenciadas, consciente de que muchas de ellas no son una excepción, sino la base oculta de movimientos literarios que durante décadas se explicaron sin ellas. Y así ha llegado a mis manos este libro.
Leer a Bombal desde esta perspectiva tiene algo de reparación. No solo porque se trata de una autora fundamental, sino porque su mirada, su sensibilidad y su modo de narrar desmienten esa idea (todavía persistente) de que la gran literatura solo se construyó desde una voz masculina. Bombal escribe desde un lugar íntimo, corporal, emocional, y lo hace sin pedir permiso: con una libertad que resulta admirable.
Una escritura que no se explica: se siente
Si algo define la obra de Bombal es su capacidad para crear atmósferas. Su prosa es sensorial, musical y profundamente subjetiva. Aquí lo importante no es “lo que pasa”, sino lo que se vive por dentro. El deseo, la frustración, la soledad, el encierro doméstico, la insatisfacción y la necesidad de ser vista aparecen como una corriente constante, pero nunca se exponen de manera obvia o didáctica. Bombal sugiere, insinúa, deja espacios vacíos para que el lector complete.
Esa ambigüedad no es un defecto, al contrario: es una de sus grandes virtudes. Porque lo que Bombal escribe pertenece a un territorio que no se deja atrapar del todo con palabras: el de la emoción contradictoria, el de la memoria que se deforma, el de la imaginación que se mezcla con la realidad hasta hacerla irreconocible.
La última niebla: el deseo como fuga y como condena
En La última niebla, Bombal nos sitúa ante una protagonista atrapada en un matrimonio sin amor, en una vida de silencios y rutinas donde el deseo parece no tener espacio. Lo extraordinario es cómo la autora construye la escapatoria: una posible aventura, un encuentro que puede haber sucedido o no, una vivencia que quizá fue real o quizá solo fue una fantasía tan intensa que terminó sustituyendo a la vida.
Y ahí está el golpe: Bombal no nos da certezas. La niebla no es solo paisaje, es estado mental, es confusión emocional, es el lugar donde la protagonista se refugia y también donde se pierde. Lo que queda después de leerla es una sensación extraña, como si el libro no hubiera terminado del todo, como si siguiera latiendo en una zona de sombra.
La amortajada: una de las ideas más brillantes que he leído
Si La última niebla es una novela de ambigüedad, La amortajada es una novela de lucidez. La idea de narrar desde la conciencia de una mujer muerta durante su velatorio podría haber sido un simple recurso llamativo, pero Bombal lo convierte en algo mucho más profundo: un espacio desde el que mirar la vida sin máscaras.
Desde esa inmovilidad absoluta, la protagonista escucha, recuerda, observa. Y en ese repaso de vínculos —amor, familia, pérdidas, renuncias— aparece una tristeza contenida, una aceptación amarga, una verdad que solo parece posible cuando ya no hay nada que defender. Me ha parecido una obra de una inteligencia narrativa enorme, y también de una belleza oscura que se queda dentro.
Los cuentos: símbolos perfectos en pocas páginas
Los cuentos reunidos en este volumen confirman que Bombal era una maestra de la condensación; Textos como El árbol o Las islas nuevas funcionan como pequeñas cápsulas de atmósfera, símbolo y emoción.
En El árbol, por ejemplo, el gomero frente a la ventana no es un simple elemento decorativo: se convierte en refugio, en barrera, en una forma de “no mirar” la realidad hasta que la realidad irrumpe con toda su crudeza. Bombal sabe convertir lo cotidiano en algo cargado de sentido sin necesidad de subrayarlo.
En general, sus cuentos comparten ese mismo pulso: lo íntimo como centro, la naturaleza como espejo emocional, y una tensión silenciosa que se va acumulando hasta dejar una inquietud final.
¿Por qué leerla hoy?
Porque Bombal no envejece. Porque su forma de narrar la subjetividad femenina sigue resultando sorprendentemente moderna. Porque habla del deseo y del encierro emocional sin moralina, sin concesiones, sin convertir a sus personajes en ejemplos, sino en seres complejos, contradictorios, humanos.
Y también porque leerla hoy tiene un valor añadido: el de mirar el canon con otros ojos y preguntarse cuántas autoras como ella quedaron fuera, no por falta de talento, sino por falta de espacio, de difusión o de justicia literaria.
Esta edición de Seix Barral permite leer su obra como un conjunto coherente y confirma algo que yo ya intuía: María Luisa Bombal no es una rareza ni una figura secundaria, es una autora esencial. Breve, sí, pero inmensa.
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