En Un comunista en calzoncillos (2013), Claudia Piñeiro se aparta de la novela policial y del thriller social que la han hecho célebre para adentrarse en un territorio más íntimo y aparentemente menor: la memoria familiar, la infancia y la mirada retrospectiva sobre los años setenta en Argentina. El resultado es un texto breve, híbrido y profundamente significativo, donde lo privado y lo político se entrelazan sin estridencias.
La novela está narrada desde la mirada de una niña que observa a los adultos sin comprender del todo sus decisiones, pero con una lucidez que solo concede la distancia del tiempo. Esa elección no es inocente: Piñeiro construye el relato desde una conciencia en formación, capaz de registrar contradicciones, silencios y gestos mínimos sin necesidad de explicarlos ni juzgarlos. La infancia no aparece aquí como un territorio idealizado, sino como un espacio de aprendizaje incómodo, atravesado por carencias materiales, tensiones ideológicas y una constante sensación de fragilidad.
El padre, ese “comunista en calzoncillos” que da título al libro, se convierte en el eje simbólico del relato. Lejos de cualquier representación épica de la militancia, Piñeiro presenta a un hombre común, coherente con sus ideas, pero expuesto en su intimidad, en su vulnerabilidad, en su precariedad cotidiana. El título, desacralizador, funciona como una declaración de intenciones: la política no se encarna en consignas grandilocuentes, sino en cuerpos reales, en economías domésticas ajustadas, en decisiones que afectan directamente a la vida familiar.
Uno de los grandes aciertos del libro es su tono. Piñeiro evita tanto la nostalgia complaciente como el ajuste de cuentas retrospectivo. No hay reproche explícito ni reivindicación sentimental. Hay, en cambio, una mirada sobria que acepta las contradicciones sin resolverlas del todo. La figura del padre no es ni idealizada ni demolida: es observada. Y esa observación, sostenida a lo largo del texto, permite al lector enfrentarse a preguntas incómodas sobre la coherencia ideológica, el sacrificio personal y el precio íntimo de las convicciones políticas.
Desde el punto de vista formal, Un comunista en calzoncillos se construye a partir de escenas breves, recuerdos fragmentarios y una prosa contenida, de gran precisión. Piñeiro confía en la elipsis, en lo no dicho, en la acumulación de pequeños episodios que, en conjunto, componen un retrato emocional y social de una época. No hay una progresión narrativa clásica ni un conflicto central cerrado. La novela, como la memoria, avanza por asociación, por insistencia, por rumiación. El pasado no se ordena: se revisita.
El contexto histórico —la Argentina de los años setenta— está siempre presente, pero nunca ocupa el centro del relato de forma explícita. La política aparece filtrada por lo doméstico, por los comentarios a media voz, por las ausencias, por el modo en que las decisiones ideológicas afectan a la vida diaria sin necesidad de ser comprendidas plenamente por la niña que narra. Esta estrategia narrativa evita el didactismo y refuerza la autenticidad del recuerdo.
Más allá de su dimensión autobiográfica, el libro plantea una reflexión universal sobre la herencia: qué recibimos de nuestros padres, no solo en términos afectivos, sino también ideológicos; qué asumimos, qué cuestionamos y qué reinterpretamos con el paso del tiempo. Un comunista en calzoncillos no ofrece respuestas cerradas, pero sí una mirada honesta y compleja sobre el modo en que lo político se inscribe en la intimidad y deja huellas duraderas.
Breve pero significativo, este texto confirma la versatilidad de Claudia Piñeiro y su capacidad para narrar lo social desde lo mínimo. Una obra considerada menor dentro de su bibliografía, pero esencial para comprender su mirada ética, su relación con la memoria y su manera de entender la literatura como un espacio de interrogación más que de certeza.
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