Hay lecturas que avanzan por acumulación de hechos y otras que se sostienen sobre un único instante. La vida privada de los árboles pertenece a este segundo grupo. La novela de Alejandro Zambra, reeditada por Anagrama en 2022, transcurre casi por completo durante una noche de espera, pero en ese lapso mínimo se despliega un universo emocional y literario.
Julián, profesor de literatura, espera a que Verónica vuelva a casa. Ya ha acostado a Daniela, la hija de ella, y el tiempo comienza a estirarse de una forma inquietante. La demora, que en principio parece banal, se transforma poco a poco en una grieta por la que se cuelan el miedo, la memoria, la duda y la conciencia de la fragilidad de los vínculos. Mientras espera, Julián recuerda, imagina, escribe mentalmente. La novela, así, no avanza: reflexiona.
Zambra construye el relato desde una quietud engañosa. No ocurre casi nada, pero pasa de todo. El pensamiento del protagonista salta del presente al pasado, de lo vivido a lo hipotético, de lo íntimo a lo literario. La espera se convierte en un espacio narrativo donde caben las preguntas esenciales: qué significa amar, qué lugar ocupamos en la vida de los otros, qué sentido tiene escribir cuando la realidad parece siempre a punto de desbordarnos.
Uno de los grandes aciertos del libro es su reflexión soterrada sobre la literatura. Julián quiere ser escritor, pero también duda de la utilidad de los libros. En ese conflicto —muy zambrano— la novela se interroga a sí misma: ¿para qué contar historias?, ¿sirven para protegernos, para ordenar el caos, o solo para aplazar lo inevitable? La vida privada de los árboles no responde de forma explícita, pero su propia existencia funciona como una respuesta posible: escribir como forma de acompañar la incertidumbre.
El vínculo con Daniela añade una capa de delicadeza especial. Julián no es su padre biológico, pero intenta ocupar un lugar afectivo a través de los cuentos que le narra, historias sobre árboles con vida secreta. En ese gesto hay ternura, pero también una conciencia melancólica de lo precario: los lazos pueden ser intensos y, aun así, provisionales. La novela trabaja muy bien esa sensación de pertenencia incompleta, tan frecuente en las familias contemporáneas.
La prosa de Zambra es contenida, precisa, sencilla. Cada frase parece colocada con cuidado, sin alardes, sin exceso. Esa economía expresiva refuerza el tono íntimo del relato y convierte la lectura en una experiencia silenciosa, casi confidencial. No es un libro que busque impactar; busca permanecer.
La vida privada de los árboles es una novela breve, pero no menor. En su aparente modestia encierra una reflexión profunda sobre el tiempo, la espera y la escritura. Es un libro que se lee en poco tiempo y se queda rondando mucho después, como esas noches en las que alguien tarda en volver y el pensamiento se vuelve más lúcido, y más vulnerable, de lo que quisiéramos.
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