Novela negra con humor, filosofía doméstica y un protagonista inolvidable

La novela negra ha demostrado, a lo largo de los años, una enorme capacidad de adaptación. Puede ser áspera, descarnada, profundamente pesimista, pero también puede permitirse el lujo de la ironía, del distanciamiento y de una cierta ligereza que no invalida el crimen, sino que lo observa desde otro ángulo. Pisto a la bilbaína, de José Francisco Alonso, se mueve con soltura en este territorio menos transitado: el de una narrativa criminal que apuesta por el humor inteligente, la observación social y un protagonista que se sale deliberadamente del molde.


La historia se inicia con un secuestro que, en principio, parece seguir los códigos clásicos del género. Begoña Letxea, esposa de un arquitecto bilbaíno de buena posición, desaparece y se exige un rescate millonario. La amenaza es clara, el tiempo corre y la tensión está servida. Sin embargo, pronto queda claro que el interés de la novela no reside únicamente en la resolución del caso, sino en el modo en que este es contado y, sobre todo, en quién lo cuenta.

Aquí entra en juego el profesor Oloizaga, una de esas creaciones que sostienen por sí solas una novela. Docente de instituto, con formación filosófica y una mirada irónica sobre el mundo, Oloizaga no encaja en el perfil habitual del investigador de novela negra. No es cínico ni atormentado en el sentido clásico, pero sí observador, escéptico y lúcido. Su voz narrativa es cercana, reflexiva y, en muchos momentos, divertida.

Uno de los grandes aciertos de Alonso es el sentido del humor, que atraviesa la novela de manera constante pero dosificada. No se trata de un humor estridente ni de una sucesión de ocurrencias, sino de una ironía suave, muy pegada a lo cotidiano, que surge de la mirada del protagonista y de su manera de relacionarse con los demás. Hay comentarios mordaces, situaciones que rozan lo absurdo y diálogos que funcionan como pequeños retratos sociales, pero todo ello sin romper nunca la coherencia interna del relato ni trivializar el conflicto central.

El profesor Oloizaga piensa, analiza y observa tanto como investiga. Su formación filosófica se filtra en forma de reflexiones breves, nunca pedantes, que aportan profundidad al texto y lo alejan del simple mecanismo de pistas y sospechosos. Esta dimensión reflexiva convive con una narración ágil, sostenida por una prosa clara y eficaz, que hace que la lectura avance con naturalidad.

Otro elemento destacable es el peso del entorno. Bilbao no es aquí un simple escenario funcional, sino un espacio vivido: calles, bares, rutinas y costumbres que aportan verosimilitud y carácter. La gastronomía, ese “pisto a la bilbaína” que da título a la novela, actúa como seña de identidad cultural y como espacio narrativo de encuentro, conversación y pensamiento. La comida, lejos de ser un adorno, se integra en la lógica del relato como un lugar donde los personajes se definen y se relacionan.

La novela también introduce, con sutileza, una reflexión sobre las relaciones personales, la lealtad y las contradicciones morales. El secuestro se ve atravesado por revelaciones incómodas, por zonas grises en las que nadie parece del todo inocente ni completamente culpable. Alonso no subraya estas cuestiones de forma explícita, pero las deja latentes, confiando en la inteligencia del lector.

En cuanto al ritmo, Pisto a la bilbaína mantiene un equilibrio eficaz entre la investigación, la observación social y los momentos más introspectivos. No hay prisas innecesarias ni alargamientos superfluos: la novela se permite detenerse cuando conviene y avanzar cuando la trama lo exige, siempre sostenida por la voz de Oloizaga, que actúa como hilo conductor.

En definitiva, Pisto a la bilbaína es una novela negra que destaca por su personalidad. Su principal virtud no está tanto en la complejidad del enigma como en el modo de narrarlo y en la creación de un protagonista memorable. El profesor Oloizaga es, sin duda, un personaje al que apetece seguir leyendo: por su humor, por su mirada crítica y por esa mezcla de inteligencia y cercanía que lo hace creíble y muy humano.

Una lectura muy recomendable para quienes disfrutan de la novela negra, pero también para quienes buscan historias criminales que se permitan pensar, sonreír y observar el mundo con un punto de ironía.

Y, finalmente, quiero agradecer a la editorial el que me regalará este ejemplar. Por cierto, ya soy adicta a Oloizaga.


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