Leer no es un acto inocente. Tampoco es un acto neutro. Cada vez que abrimos un libro entramos en una escena ya dispuesta, con unas reglas previas y un lugar asignado. El texto nos espera de una determinada manera, incluso antes de que hayamos leído la primera frase. Y ese lugar —cómodo o incómodo, activo o pasivo, cómplice o desconfiado— convierte al lector en algo más que un receptor: lo convierte en un personaje. No uno visible, no uno nombrado, pero sí uno imprescindible para que la narración funcione.


Todo libro construye a su lector. No al lector real, de carne y hueso, sino a una figura implícita: alguien que sabe, que sospecha, que comparte ciertos códigos, que acepta ciertas convenciones. La novela negra presupone un lector atento a las pistas; la autoficción, uno dispuesto a tolerar la ambigüedad moral; la literatura experimental, un lector paciente, incluso masoquista. Cuando leemos, ocupamos —queramos o no— ese espacio previsto. Y cuando no encajamos del todo en él, el libro cruje.

Esa fricción es reveladora. No todos los lectores leen igual un mismo texto porque no todos aceptan el papel que el texto les asigna. Hay libros que exigen sumisión; otros, desconfianza. Hay narradores que piden complicidad y otros que reclaman distancia. En todos los casos, el lector actúa: concede, resiste, sospecha, se deja engañar o decide abandonar la lectura. Incluso el rechazo es una forma de interpretación.

Pero además de ese lector construido por el texto, existe el lector que somos. Leemos desde una edad concreta, desde un momento vital determinado, desde una experiencia acumulada que no se borra al pasar página. Volver a un libro leído años atrás suele ser una experiencia desconcertante no porque el libro haya cambiado, sino porque el lector ya no es el mismo personaje. La relectura pone en evidencia que nuestra mirada es histórica, mutable, contradictoria. Cada lectura es una puesta en escena distinta.

Hay textos que explotan conscientemente esta condición. Textos que no solo prevén un lector, sino que lo interpelan, lo llaman, lo señalan. El “tú” narrativo, la ruptura de la cuarta pared, el narrador poco fiable que exige nuestra fe o nuestra sospecha: todos estos recursos convierten al lector en una figura activa dentro del engranaje narrativo. El lector ya no observa desde fuera; participa. Es invitado —o forzado— a ocupar un lugar moral, emocional o intelectual.

En estos casos, leer implica asumir una responsabilidad. Decidir si aceptamos el juego, si nos dejamos manipular, si concedemos nuestra confianza a una voz que quizá no la merece. El lector se convierte entonces en cómplice, en testigo incómodo o en juez silencioso. No es casual que muchos de estos textos incomoden: ponen en evidencia que leer no es solo comprender una historia, sino posicionarse frente a ella.

Tal vez por eso la figura del lector como personaje resulta tan fértil. Nos recuerda que la literatura no ocurre únicamente en el texto ni exclusivamente en quien lo escribe. Ocurre en ese espacio intermedio donde alguien lee desde un lugar concreto, con unas expectativas determinadas y con una biografía que filtra cada palabra. Leer es entrar en escena y aceptar —aunque sea de forma provisional— el papel que nos han asignado.

La pregunta, entonces, no es solo qué leemos, sino desde dónde leemos y qué papel estamos dispuestos a interpretar. Porque en toda lectura hay una negociación silenciosa entre el libro y quien lo abre. Y en esa negociación, el lector nunca es un espectador inocente.


Descubre más desde El baúl de Xandris

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.