Un relato para la noche de reyes
La ciudad parecía contener la respiración. En la noche de Reyes, incluso los semáforos cambiaban de color con más cuidado, como si no quisieran estropear nada. Clara colocó las zapatillas junto al balcón con un gesto automático, casi ceremonial. Hacía años que no lo hacía para sí misma, pero aquella noche no pudo evitarlo.
Vivía sola desde octubre. No por una ruptura ruidosa, sino por esas separaciones silenciosas que se anuncian con cajas de cartón y frases prácticas: “es lo mejor”, “seguimos siendo amigos”. Desde entonces, el piso se había vuelto demasiado grande para una sola persona y demasiado pequeño para los recuerdos.
En la mesa del salón dejó tres copas vacías. Una para Melchor, otra para Gaspar, la última para Baltasar. No creía en ellos desde niña, pero seguía respetando la liturgia. También dejó un vaso de leche, un poco de turrón duro y una mandarina a medio pelar. Pensó en dejar algo para los camellos, pero se detuvo. No quería fingir más de lo necesario.
Se sentó en el sofá con una manta sobre las piernas. En la televisión, la cabalgata repetía su desfile infinito de carrozas brillantes y niños alzados sobre hombros ajenos. Clara bajó el volumen. Prefería el silencio: ese silencio espeso que solo existe en las casas cuando todos duermen menos uno.
A medianoche exacta, algo crujió en el balcón. No fue un estruendo ni un destello milagroso. Fue un sonido leve, como de tela rozando el hierro. Clara se incorporó, con el corazón acelerado y una sensación absurda de vergüenza, como si la hubieran sorprendido creyendo.
La puerta corredera estaba entreabierta. En el suelo, junto a las zapatillas, había una caja pequeña, sin papeles brillantes ni lazos. Solo su nombre escrito con una caligrafía antigua: Clara.
La abrió con cuidado. Dentro no había objetos, sino una nota doblada en cuatro:
No podemos devolverte lo que perdiste, decía, pero sí lo que olvidaste pedir.
Clara sintió un nudo en la garganta. Volvió a mirar la caja, esperando algo más. Nada. Solo la nota y una extraña calma que empezaba a asentarse en el pecho, como una respiración profunda después del llanto.
Leyó la nota otra vez. Luego una tercera. Cerró los ojos.
Por primera vez en meses, no pensó en lo que había terminado, sino en lo que todavía podía empezar. En los libros que no había escrito, en los viajes aplazados, en las mañanas sin prisa. En ella misma, sin añadidos. Cuando despertó, la luz del amanecer se filtraba por el balcón. Las copas seguían vacías, la mandarina intacta. Las zapatillas, en su sitio.
La caja había desaparecido.
Clara sonrió, se calzó despacio y fue a la cocina a preparar café. Afuera, la ciudad despertaba con resaca de magia. Ella también.
©Sandra de Oyagüe
Descubre más desde El baúl de Xandris
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
