Hay novelas que se abordan en busca de una historia y otras que se experimentan como si se recorriera un paisaje. Donde siempre es medianoche (Pez de Plata, 2018) pertenece claramente a este segundo grupo. No es una obra accesible ni lineal, ni parece interesada en ofrecer una trama cerrada o un itinerario cómodo. Lo que Luis Artigue propone es una experiencia: un descenso a una ciudad sumida en la noche perpetua y, al mismo tiempo, a un estado de confusión moral, política y simbólica que dialoga de forma inquietante con nuestro presente.


La novela se sitúa en Silenza, una ciudad italiana donde lleva casi un año sin amanecer. Hasta allí llega el Sabueso Informativo, un fotodetective hipocondríaco, neurótico y algo ridículo, enviado para documentar el fenómeno. Desde el principio queda claro que el encargo es una excusa narrativa: Silenza no es un lugar que se pueda explicar ni resolver, sino un espacio que se infiltra en la conciencia de quien lo habita. La ciudad funciona como un organismo enfermo; sus habitantes, como síntomas de una patología colectiva.

Entre ellos destaca Elisabeta, uno de los personajes más perturbadores y sugerentes del libro. No es solo una figura femenina enigmática ni un interés amoroso convencional, sino una presencia casi espectral que encarna el deseo, la fascinación y la pérdida de referencias. Su relación con el Sabueso está atravesada por la atracción y la sospecha, por una sensación constante de irrealidad. Elisabeta parece saber más de lo que dice, pero nunca ofrece respuestas claras. En ella se concentran algunas de las tensiones centrales de la novela: la imposibilidad de conocer al otro, la seducción de lo oscuro y el riesgo de confundir la revelación con la huida.

Otro personaje clave es el psiquiatra, cuya aparición introduce una ambigüedad decisiva. Su presencia plantea una pregunta incómoda: ¿la noche de Silenza es un fenómeno objetivo o una alteración de la percepción? Lejos de actuar como una autoridad que ordena o esclarece, el psiquiatra contribuye a erosionar cualquier certeza. El discurso clínico no ilumina, no cura, no restituye la normalidad; se presenta como otro lenguaje fallido, incapaz de devolver sentido. La frontera entre cordura y delirio no se aclara, sino que se vuelve cada vez más porosa.

Este planteamiento se ve reforzado por el estilo. La prosa de Artigue es densa, poética, cargada de imágenes y asociaciones inesperadas. No hay una progresión narrativa clásica, sino un avance fragmentario a través de escenas y digresiones que obligan al lector a aceptar la incertidumbre como parte del pacto de lectura. El humor —negro, absurdo, a veces grotesco— no funciona como alivio, sino como un mecanismo de extrañamiento que subraya lo absurdo y lo siniestro de determinadas situaciones. Personajes como Anticristo Superstar o el científico oculto actúan como caricaturas deformadas de liderazgos contemporáneos: carismáticos, vacíos y peligrosamente convincentes.

En este sentido, Donde siempre es medianoche es una novela profundamente política, aunque no lo sea de manera directa ni panfletaria. La noche perpetua de Silenza puede leerse como una metáfora de la crisis contemporánea —económica, ética, informativa—: abundan los discursos, los expertos y las explicaciones, pero escasea la claridad. Nadie parece ver con nitidez, y quienes aseguran tener el control suelen ser los más inquietantes. El Sabueso encarna esa impotencia del individuo contemporáneo: observa, registra, sospecha, pero rara vez comprende del todo. Su mirada intenta poner orden en el caos solo para constatar que ese caos es estructural.

Como experiencia de lectura, la novela deja una sensación de desasosiego persistente. No tanto por lo que cuenta como por la manera en que lo hace. No hay refugios: ni el amor, ni la ciencia, ni la razón clínica consiguen devolver la luz. Elisabeta no salva, el psiquiatra no aclara, y el Sabueso apenas logra mantenerse a flote en un mundo que ha renunciado a la claridad. Esa renuncia resulta inquietantemente cercana.

En definitiva, Donde siempre es medianoche es una obra exigente, incómoda y muy estimulante. Una novela híbrida y arriesgada que apuesta por el riesgo formal y simbólico y confirma a Luis Artigue como un autor interesado en explorar los límites del sentido, del lenguaje y de la percepción. No es una lectura para quien busque certezas o evasión, pero sí para quien conciba la literatura como un espacio de experimentación e interrogación. Al cerrarla, queda una impresión persistente: quizá ya vivimos, en muchos sentidos, en un lugar donde siempre es medianoche.




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