Hay novelas que no se limitan a proponer un mundo, sino que lo disputan; que no se leen como un viaje lineal, sino como un territorio en tensión, una grieta por la que se filtra algo incómodo y necesario. Los años del silencio (Dilatando mentes, 2019), de Elaine Vilar Madruga, pertenece a esa estirpe de libros que no buscan complacer: buscan interpelar.


La autora —dramaturga, narradora y poeta— teje una obra que parece existir en dos planos simultáneos: un Japón imaginado que evoca ceremonias, códigos, rigores cortesanos; y una distopía futurista en la que los drones, la vigilancia y la tecnología armada sostienen el poder. Esa combinación, que en otras manos podría haber sido un artificio, aquí funciona con naturalidad. El resultado es un universo híbrido, extraño y coherente, como si lo ancestral y lo tecnológico se hubieran oxidado juntos.

Kiandara y los otros espejos

La protagonista, Kiandara, es temida desde que nace. Su cuerpo —su piel, su presencia— es leído por la corte como un signo de maldición. La novela, sin embargo, no cae en tópicos ni victimismos: la fuerza de Kiandara reside en su negativa a aceptar el relato que otros han escrito para ella. Todo en la obra gira alrededor de esa disidencia.

A su alrededor orbitan figuras que son, más que personajes, espejos distorsionados:

  • Harune, actor especializado en papeles femeninos, que emprende una transformación radical hasta “convertirse” en Kiandara.
  • Maie, la sirena ciega que guarda rencor antiguo.
  • Orsini, la hacker subterránea que conoce demasiado bien los engranajes del poder.

Todos hablan desde heridas. Todos buscan algo: identidad, venganza, reconocimiento, silencio. Y todos están atrapados en un sistema que, como todo buen sistema de control —real o inventado—, funciona mejor cuanto más irreparable se percibe.

Una novela escrita como si fuera teatro

Uno de los mayores aciertos de Los años del silencio es su estructura polifónica. Vilar Madruga escribe como dramaturga: hay monólogos, cambios drásticos de voz, escenas que funcionan como cuadros, otras como confesiones. La novela respira a través de sus voces, y cada una añade una capa distinta: la culpa, el deseo, la obediencia, la rabia, la memoria.

Esa fragmentación puede resultar exigente al principio, pero es parte del juego. La autora no ofrece mapas. Confía en que el lector sabrá recomponer las piezas, asumir las zonas de sombra y comprender que el orden del relato refleje el caos emocional de quienes lo habitan.

Temas que resuenan más allá de la ficción

Aunque la novela se sitúa en un mundo fabuloso, sus temas pertenecen al nuestro:

  • la imposición del destino;
  • el cuerpo como territorio político;
  • los silencios que el poder exige;
  • las máscaras que uno adopta para sobrevivir;
  • la violencia de ser mirado desde fuera;
  • la posibilidad —o la condena— de transformarse.

La mezcla de tradición y tecnología permite que esos temas adquieran dimensión simbólica. El reino de Varne es una metáfora de cualquier estructura que clasifica, excluye o vigila. Kiandara, Harune y los demás son, en cierto sentido, variaciones del mismo conflicto: ¿qué significa ser uno mismo cuando el entorno exige que seas otra cosa?

Fortalezas y fricciones

La novela brilla especialmente por:

  • su ambición estética, rica en imágenes poderosas;
  • la profundidad de sus personajes, todos al borde de algo: un descubrimiento, una caída, un deseo prohibido;
  • su capacidad para unir lo mítico y lo futurista sin perder coherencia.

Pero también tiene asperezas: no es un libro fácil. Requiere atención, disposición a aceptar su ritmo fragmentado y su ambigüedad moral. El lector que busque aventura directa quizá se sienta desplazado; el que disfrute de narrativas densas, simbólicas, teatrales, encontrará algo estimulante.

La edición: un universo también visual

La edición de Los años del silencio publicada por Dilatando Mentes merece un apartado propio. No es solo un continente: es parte del contenido. Las ilustraciones interiores, de trazo oscuro y onírico, dialogan con la atmósfera de la novela como si fueran respiraciones del propio texto. No explican ni decoran: insinúan, amplifican el misterio, añaden capas que no están dichas con palabras.

Los retratos de personajes como Kiandara o Harune no buscan fijar sus rostros, sino sugerir la ambigüedad que los define. Las escenas —sombras, coronas rotas, fragmentos de cuerpos, arquitecturas imposibles— funcionan como espejos emocionales del relato: ayudan a entrar en ese territorio entre lo mítico y lo futurista donde se mueve la autora. Esta edición cuidada, casi artesanal, convierte la lectura en una experiencia inmersiva, y recuerda que hay libros que se disfrutan no solo por lo que cuentan, sino por cómo están hechos.

Una lectura que deja eco

Los años del silencio es una novela que crece después de terminarla. Más que responder preguntas, las despliega. Más que ofrecer certezas, invita a convivir con la duda, con la identidad mutable, con el miedo a la sombra y el deseo de romperla. Si tuviéramos que definirlo en una sola frase, quizá sería esta:
una tragedia futurista sobre el derecho a existir en tus propios términos.


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