Silvina Ocampo (1903–1993) ocupa un lugar singular en la literatura hispanoamericana: es una autora esencial, pero a menudo relegada a un segundo plano, eclipsada por dos autores con los que compartió vida y proyectos: Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Sin embargo, su obra —centrada especialmente en el cuento— despliega un mundo propio, inquietante y fascinante, donde conviven el humor negro, lo siniestro cotidiano y un lirismo tan delicado como venenoso.
Una vida entre el arte y las letras
Hija de una familia aristocrática porteña, Silvina creció en un entorno cultural privilegiado. Se formó en pintura en París con Giorgio de Chirico y Fernand Léger, dos influencias visuales que marcaron para siempre su mirada narrativa: sus cuentos están llenos de imágenes vívidas, deformaciones surrealistas y un sentido pictórico del detalle.
Aunque su marido Bioy Casares y su gran amiga Victoria Ocampo tuvieron mayor visibilidad mediática, Silvina trabajó en silencio, perfeccionando una literatura que no se parecía a ninguna otra.
Publicó principalmente cuentos y poesía, destacando libros como Viaje olvidado (1937), Autobiografía de Irene (1948), La furia (1959), Y así sucesivamente (1987) y el estremecedor poemario Enumeración de la patria (1942).
Un fantástico doméstico y perverso
El universo de Ocampo no es el del fantástico metafísico de Borges ni el de los engranajes perfectos de Bioy Casares. Lo suyo es otra cosa: lo extraño infiltrado en lo cotidiano, lo inquietante que brota del interior de los personajes, especialmente niños, sirvientas, mujeres solitarias y seres vulnerables.
Temas recurrentes
- La infancia como territorio cruel, nunca inocente.
- La metamorfosis: cuerpos que cambian, almas que se desdoblan.
- Lo doméstico como escenario del horror sutil.
- Los celos, el resentimiento y la venganza íntima.
- Lo femenino como laboratorio de máscaras, imposturas y deseos frustrados.
En sus relatos, un gesto mínimo —una mirada perturbadora, una palabra mal dicha, un regalo sospechoso— basta para que afloren emociones violentas y tensiones ocultas.
Un estilo que muerde con sutileza
La prosa de Ocampo es engañosamente sencilla: frases breves, observaciones puntuales, un humor casi infantil… hasta que algo hace clic y el relato adquiere un tono siniestro. Esta combinación de candidez y crueldad es uno de sus sellos más inconfundibles.
Su estilo puede leerse como una forma de resistencia: escribe desde los márgenes, desde personajes menores que rara vez protagonizan la literatura del canon. No necesita grandes artificios para crear atmósferas perturbadoras; la extrañeza nace de una mirada deformada, de un mundo en el que lo monstruoso suele estar oculto bajo la apariencia de normalidad.
Recepción y legado
Durante mucho tiempo, Silvina Ocampo fue considerada una “autora menor” en comparación con Borges y Bioy, un juicio injusto que hoy se revisa con entusiasmo. La crítica contemporánea la reconoce como una de las grandes maestras del cuento latinoamericano, y su obra se reedita y estudia con creciente interés.
Autores como César Aira, Mariana Enríquez o Samanta Schweblin han reivindicado su influencia: su manera de introducir lo perturbador en espacios domésticos anticipa buena parte de la narrativa de lo extraño actual.
Además, su escritura dialoga con preocupaciones contemporáneas sobre lo femenino, la marginalidad, la crueldad infantil y los cuerpos que no encajan.
Por qué escribir sobre Silvina Ocampo hoy
- Porque su obra sigue siendo un tesoro oculto: breve, accesible, pero llena de capas.
- Porque es una voz perfecta para hablar de fantástico, feminidad, perversión y humor negro.
- Porque permite repensar el canon argentino desde un ángulo menos previsible.
- Porque dialoga con autoras actuales que están redefiniendo la literatura de lo extraño.
Conclusión
Silvina Ocampo escribió desde los márgenes del canon, pero con una intensidad y una imaginación que la sitúan entre las narradoras más singulares del siglo XX. Su literatura no grita: susurra, araña, inquieta. Escribe sobre lo monstruoso que todos llevamos dentro, y lo hace con una elegancia venenosa que la vuelve irrepetible.
Redescubrirla hoy no solo es un acto de justicia literaria: es asomarse a un universo donde cada cuento es un espejo deformante que devuelve una imagen inesperada de nosotros mismos.
Descubre más desde El baúl de Xandris
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
