Hay novelas que parecen escritas a la velocidad de un latido, y Sánchez es una de ellas. Esther García Llovet vuelve a ese territorio nocturno que tan bien conoce —ese Madrid que no sale en las guías, hecho de gasolineras, parkings, descampados junto a la M-30 y bares donde el tiempo no pasa— para contarnos una historia que en realidad es casi una excusa: la persecución de un galgo llamado Cromwell en mitad de una madrugada interminable.


La trama es mínima, sí, pero eso es precisamente lo que permite que todo lo demás respire. Llovet no necesita un misterio elaborado: le basta con la presencia magnética de Nikki y Sánchez, dos supervivientes del extrarradio que se reencuentran como quien vuelve a una herida antigua. Nikki empuja; Sánchez, como casi siempre, se deja arrastrar. Y esa dinámica, aparentemente simple, es donde la autora encuentra la vibración real del libro.

Llovet escribe con esa mezcla tan suya de sequedad y rareza: frases cortas, descripciones que nunca se detienen más de lo justo, y de repente un fogonazo casi surrealista, como si lo real se abriera un segundo y dejara entrar algo distinto. En Sánchez hay artistas serbias que comen carne cruda, perros veloces con destinos extraños, personajes que parecen salidos de un sueño febril de la ciudad. Pero todo eso, en su lógica interna, funciona. El truco está en que Llovet nunca subraya nada: lo extraño se acepta como un hecho más de la noche.

El Madrid de la novela no es decorado: es personaje. No un Madrid reconocible por monumentos o rutas turísticas, sino un Madrid lleno de aristas, huecos y luces de neón. La autora lo recorre con precisión topográfica y emocional: se nota que conoce ese paisaje y que le interesa su vibración, no su estética.

Quizá lo más fascinante de Sánchez sea la manera en que convierte una anécdota mínima en una experiencia narrativa: un trayecto urbano que termina siendo una radiografía emocional de dos personas que solo saben vivir a medias, pero que en esa media vida encuentran momentos de extraña lucidez. Hay algo triste y al mismo tiempo luminoso en esa madrugada compartida, como si Llovet quisiera recordarnos que incluso en los márgenes hay historias capaces de brillar de forma oblicua.

No es una novela para lectores que busquen un thriller clásico o un argumento contundente. Es más bien una pieza atmosférica, afilada, llena de silencios y detalles que se quedan resonando. Una novela que se lee de una sentada, pero cuya sombra queda contigo mucho después.

Si algo consigue Sánchez —como en buena parte de la obra de García Llovet— es demostrar que la periferia también puede ser un centro narrativo, que lo raro y lo cotidiano a veces son la misma cosa, y que la noche es siempre un espejo más sincero que el día.

Una lectura breve, intensa y muy Llovet: perfecta si te interesan las historias que se deslizan por los bordes.


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