Lucía Lijtmaer, escritora, periodista y crítica cultural nacida en Buenos Aires y criada en Barcelona, firma en Ofendiditos (Anagrama, 2019) un ensayo breve pero incisivo que disecciona cómo el discurso público contemporáneo relega la protesta social legítima a la categoría de reacción excesiva o “quejumbrosa”.


Hay palabras que nacen como chiste y acaban convertidas en arma. “Ofendidito” es una de ellas. Una de esas etiquetas que se repiten tanto —en tertulias, redes, conversaciones rápidas— que ya casi no necesitan definición: se pronuncian con media sonrisa, la ceja levantada, y un gesto de superioridad que pretende cerrar el debate antes de que empiece. Y justo ahí es donde entra el ensayo de Lucía Lijtmaer, un libro breve pero filoso que pone sobre la mesa cómo se ha desplazado la discusión pública hasta convertir la protesta en un acto incómodo, casi sospechoso.

Lijtmaer parte de una constatación sencilla: vivimos un momento curioso en el que indignarse parece peor que aquello que provoca la indignación. El abuso, la desigualdad, la violencia institucional o la discriminación pasan a un segundo plano cuando aparece quien se atreve a señalarlos. Entonces, el foco cambia. Y el que denuncia se convierte de pronto en el molesto, el hipersensible, el que “no sabe encajar un chiste”. Una maniobra limpia y eficaz: desplaza la atención, trivializa la crítica y desactiva cualquier posibilidad de discusión real.

El libro recorre ejemplos recientes de este fenómeno, no para coleccionarlos como anécdotas, sino para mostrar un patrón reconocible. Hay una inversión del conflicto que ya se ha convertido en un hábito del discurso social: el poderoso aparece como víctima de una supuesta censura y el vulnerable, el marginado o el que protesta es caricaturizado como alguien incapaz de soportar el mundo moderno sin rasgarse las vestiduras. Es una estrategia tan repetida que se ha vuelto invisible.

Una de las virtudes del ensayo es su tono: directo, irónico y consciente de que lo que está examinando no es un simple tic cultural, sino un mecanismo bastante efectivo para debilitar cualquier forma de disidencia. Y lo hace sin dramatismos, sin convertir el diagnóstico en un sermón, pero con la suficiente claridad como para que el lector, y me incluyo yo, se pregunte cuántas veces ha usado la palabra “ofendidito” sin pensar en las implicaciones.

La lectura deja una sensación doble: por un lado, la incomodidad de ver cómo hemos normalizado la burla como forma de autoridad moral; por otro, una especie de alivio al encontrar un texto que ordena el ruido y pone nombre a algo que todos intuimos. Ofendiditos no pretende ofrecer recetas ni soluciones mágicas, pero sí nos recuerda algo básico: protestar es un derecho, y ridiculizar la protesta es una forma de erosionarlo.

Lijtmaer invita a recuperar la legitimidad de la incomodidad. A entender que, en un mundo que parece correr siempre hacia adelante sin mirar a nadie, la queja no es debilidad, sino una herramienta política. Y que pocas cosas resultan tan peligrosas como aceptar que quien protesta es el verdadero problema.

En definitiva, un ensayo breve y necesario para pensar por qué el debate público se ha llenado de ruido, sarcasmo y desvíos, y cómo podemos recuperar —aunque sea a contracorriente— la posibilidad de discutir sin que nos conviertan en una caricatura.


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