Hay autores que escriben desde la cabeza, y otros que lo hacen desde un lugar más profundo, más oscuro, más íntimo. Dolores Redondo pertenece a esa segunda categoría. En Esperando el diluvio (Destino, 2022), la escritora vasca vuelve a demostrar su capacidad para convertir una historia criminal en una exploración moral, casi metafísica, sobre el mal y la redención. No es solo una novela negra: es un relato sobre la esperanza, sobre la fe en medio del desastre, sobre lo que queda del ser humano cuando todo parece derrumbarse.


Un crimen real, una obsesión y un viaje

La novela parte de un caso real: el del asesino conocido como “Bible John”, que en el Glasgow de finales de los sesenta mató a tres mujeres a la salida de una sala de baile y desapareció sin dejar rastro. La historia real quedó sin resolver, pero Redondo la retoma para imaginar qué podría haber ocurrido si aquel asesino hubiera huido de Escocia y continuado su vida en otro país.

Así nace Noah Scott Sherrington, un inspector escocés inteligente y tenaz, pero enfermo del corazón, cuya obsesión con atrapar al asesino se convierte en su motor vital. A pesar de las advertencias médicas y de la indiferencia de sus superiores, Noah sigue las pistas hasta Bilbao, convencido de que el asesino ha encontrado refugio en la ciudad vasca.

Ese desplazamiento geográfico —de la brumosa Glasgow al Bilbao de los años ochenta— funciona como una metáfora del viaje interior del protagonista: del frío y el aislamiento emocional hacia una tierra más viva, más caótica, donde la redención todavía parece posible.

Un retrato de Bilbao en tiempos convulsos

Uno de los grandes méritos de la novela es la recreación de Bilbao en aquella época. Redondo no idealiza la ciudad: muestra su lado gris, su olor a hierro y a humedad, sus barrios obreros, su transformación industrial y social. Pero al mismo tiempo, hay algo profundamente humano en su retrato: las calles están llenas de personajes secundarios que respiran verdad —la dueña de la pensión, los obreros, los policías locales—, todos ellos testigos silenciosos de una época de cambios y heridas.

La autora consigue que el lector sienta la ciudad, que escuche su ruido, que perciba el peso de la lluvia constante y el rumor del Nervión. Bilbao no es solo un escenario: es una presencia viva, casi un personaje que acoge y al mismo tiempo juzga a quienes lo habitan.

Fe, culpa y redención

Como su título sugiere, Esperando el diluvio es una historia impregnada de simbología bíblica. El “diluvio” representa tanto la idea del castigo como la de la purificación. Cada personaje parece esperar su propio diluvio: Noah, para expiar su culpa; el asesino, para justificar su maldad con un falso sentido religioso; y la propia ciudad, que vive bajo una lluvia constante, esperando una especie de catarsis colectiva.

La autora juega con esa dualidad entre fe y culpa, entre justicia y misericordia. En manos menos hábiles, estos temas podrían resultar artificiosos, pero Redondo los maneja con una sensibilidad natural, sin moralismos. Sus personajes no son santos ni demonios: son humanos, contradictorios, cansados, aferrados a una esperanza que apenas saben definir.

Noah Scott Sherrington: un héroe cansado

Noah es uno de los personajes más complejos creados por Redondo. Lejos del policía típico de las novelas negras, no busca la gloria ni la venganza: busca sentido. Enfermo del corazón, consciente de su fragilidad, se aferra al caso como si fuera su último acto de fe. Su nombre —Noah, como el del patriarca que sobrevivió al diluvio— no es casual: es el hombre que se niega a rendirse ante la corrupción del mundo, aunque sepa que el castigo es inevitable.

A través de él, Redondo construye un discurso muy humano sobre la obsesión y la necesidad de creer. Noah persigue al asesino, pero también persigue una forma de redención personal, un modo de reconciliarse con su propia vida antes de que se le acabe el tiempo.

Estilo y tono narrativo

Dolores Redondo tiene una voz narrativa inconfundible. Su prosa es precisa, envolvente, con un ritmo que combina la tensión del thriller con la introspección psicológica. Alterna descripciones atmosféricas con diálogos realistas y momentos de gran carga emocional. Hay un cuidado casi cinematográfico en la manera en que encuadra las escenas, en cómo utiliza la lluvia o la luz como prolongación del estado anímico de los personajes.

Aunque la trama policial sostiene el interés, la novela brilla sobre todo en sus pasajes más pausados, donde se percibe la mirada compasiva de la autora hacia sus criaturas. Redondo no escribe sobre asesinos y policías, sino sobre seres humanos enfrentados a sus límites.

Una novela negra con alma

Esperando el diluvio demuestra que la novela negra puede ser mucho más que un género de intriga. Puede ser una forma de hablar de lo sagrado y lo profano, de la culpa y la esperanza, del amor y la pérdida. Redondo entrelaza todos estos elementos con oficio y con emoción, construyendo una historia que se lee con la tensión de un thriller pero se queda en la memoria como una fábula moral.

Hay algo casi religioso en la forma en que Redondo narra el dolor, una ternura contenida que recorre la novela. Quizá por eso, cuando uno termina el libro, no se queda pensando en el asesino ni siquiera en el caso, sino en Noah, en su vulnerabilidad, en su fe obstinada, en su manera de resistir.

Conclusión

Esperando el diluvio es, en definitiva, una novela sobre la perseverancia y la fe en tiempos oscuros. Una historia que, bajo su apariencia de thriller, esconde una profunda meditación sobre el bien y el mal, sobre la esperanza que sobrevive incluso en los corazones más cansados.

Dolores Redondo ha escrito aquí una de sus obras más maduras y emotivas. Hay tensión, sí, pero también poesía. Hay crimen, pero también compasión. Y hay lluvia, mucha lluvia, que cae sobre todos por igual, como si purificara las heridas de un mundo que todavía —a pesar de todo— sigue esperando su diluvio.


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