Las pequeñas virtudes (Acantilado,2002) reúne once textos breves —a medio camino entre el ensayo y la memoria autobiográfica— que Natalia Ginzburg escribió entre finales de los años cuarenta y comienzos de los sesenta. Son piezas que giran en torno a momentos de su vida personal (el exilio, la guerra, la maternidad, el oficio de escribir) y a reflexiones universales sobre la educación, el dinero, la escritura, los hijos o la memoria.


Entre los textos más recordados destacan:

  • “Invierno en los Abruzos”, donde relata su exilio junto a su marido tras la persecución fascista.
  • “Mi oficio”, una meditación sobre lo que significa ser escritora y sobre el peso —y la libertad— de la vocación.
  • “Las pequeñas virtudes”, que da título al libro, y en el que analiza qué tipo de valores deben enseñarse a los hijos: no las “pequeñas” virtudes (ahorro, prudencia, astucia), sino las “grandes” (generosidad, valentía, amor por la verdad).

El libro no se construye como una novela, sino como una colección de reflexiones personales que emergen de la experiencia histórica —la guerra, el antifascismo, la posguerra italiana— y de los vínculos íntimos que dan sentido a la vida: la familia, la maternidad, la escritura.

Valoración

La escritura de Ginzburg es elegante y contenida, aparentemente sencilla, pero cargada de una profundidad emocional y moral que se descubre con cada relectura. Su mirada sobre lo cotidiano —los hijos, la pobreza, el exilio, la vocación— alcanza lo universal sin esfuerzo, como si lo esencial de la existencia se encontrara en los gestos más pequeños.

Hay una honestidad conmovedora en su forma de escribir: sin alardes, sin sentimentalismo, con una lucidez que a veces duele. Ginzburg pone palabras a emociones que todos hemos sentido, pero que pocos saben expresar con esa claridad. En cada ensayo late una pregunta sobre cómo vivir, cómo educar, cómo amar, cómo sobrevivir sin perder la ternura ni la verdad.

Por supuesto, al tratarse de textos independientes, el conjunto carece de la cohesión de una narración larga; sin embargo, esa variedad es también su riqueza. Cada pieza puede leerse como un fragmento autónomo, una pequeña joya moral y literaria.

Temática y estilo

Temas principales

  • Educación: uno de los ejes del libro. Ginzburg afirma que no debemos enseñar a los hijos a ser prudentes, sino generosos; no a evitar el peligro, sino a enfrentarlo; no a ahorrar, sino a desear conocer.
  • Memoria y guerra: la experiencia de la guerra y del exilio marca su sensibilidad. Hay dolor, pero también reconciliación con la vida y una serenidad adquirida tras la pérdida.
  • El oficio de escribir: Ginzburg reflexiona sobre la escritura como vocación, sobre la necesidad de mirar el mundo con compasión y exactitud, y sobre el papel de la mujer escritora.
  • Dinero y valores: contrapone el valor material al valor moral, la comodidad a la autenticidad, la prudencia a la libertad interior.

Estilo
Su estilo es limpio, preciso y sin adornos. Evita la grandilocuencia y prefiere la observación sutil, la frase exacta, la emoción contenida. Cada palabra parece medida, cada silencio tiene sentido. El tono es íntimo y melancólico, pero nunca resignado; hay ternura, humor leve y una sabiduría que procede de la experiencia vivida.

¿Por qué leerlo?

Porque ofrece una voz literaria única: lúcida, moral sin moralismo, profundamente humana.
Porque enseña que la verdadera grandeza se encuentra en las cosas pequeñas, en los gestos cotidianos, en las virtudes silenciosas que sostienen la vida.
Porque invita a pensar, a detenerse, a mirar el mundo con humildad y con coraje.

Público ideal

  • Lectores interesados en la literatura europea del siglo XX, especialmente la italiana.
  • Quienes disfrutan del ensayo literario y la escritura íntima.
  • Lectores que buscan una voz femenina y ética, capaz de iluminar la vida cotidiana con sencillez y profundidad.
  • Ideal para quienes valoran las lecturas pausadas, llenas de sentido.

Valoración personal

Las pequeñas virtudes es una obra breve pero inmensa, que deja huella. Natalia Ginzburg nos recuerda que lo esencial no está en los grandes gestos, sino en la forma en que amamos, educamos, hablamos, resistimos. Es un libro que se lee despacio, que se subraya, que se vuelve a abrir con los años y siempre ofrece algo nuevo.

Su mensaje —tan simple como profundo— sigue vigente: enseñar y vivir las grandes virtudes, no las pequeñas. En eso, quizás, consiste la verdadera sabiduría.


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