En Mil cosas (Anagrama, 2025), Juan Tallón vuelve a demostrar su precisión quirúrgica para capturar la esencia de lo cotidiano. Con una prosa limpia, directa y engañosamente sencilla, el autor gallego nos sumerge en el interior de un día cualquiera —un día saturado, agotador, minúsculo y, a la vez, colosal— en la vida de una pareja que podría ser cualquiera.
La novela sigue a Travis y Anne, dos adultos que, en medio de una existencia urbanita, intentan cerrar asuntos pendientes antes de salir de vacaciones. Lo que parece una jornada común —trabajo, calor, tareas domésticas, recados, llamadas, el cuidado del hijo— se convierte, a medida que avanza el relato, en un retrato descarnado de la vida contemporánea: una vida llena de cosas, de estímulos, de compromisos, donde todo se acumula y nada parece tener un centro.
Tallón estructura el libro en torno a una sola jornada, casi en tiempo real, con un pulso narrativo que reproduce la sensación de urgencia. No hay pausas ni grandes silencios: el texto se mueve con la misma velocidad con la que las horas se deshacen entre notificaciones, gestiones, semáforos, colas, conversaciones inconclusas. La escritura, precisa y medida, refleja esa fatiga mental de quien vive en perpetuo movimiento. Lo que el autor consigue no es tanto narrar una historia, sino transmitir una temperatura: la del cansancio, la del estrés, la del tiempo que nunca alcanza.
En Mil cosas, lo trivial adquiere espesor simbólico. Cada gesto mínimo —una conversación con un desconocido, un atasco, una lista de pendientes— se convierte en una pieza de un mosaico más amplio que habla del colapso cotidiano. El lector percibe cómo la acumulación de tareas se transforma en un modo de vida; cómo la sucesión de hechos nimios produce una sensación de asfixia. Tallón escribe desde esa conciencia: no necesitamos grandes tragedias para sentir que algo se desmorona; basta con el exceso, con la saturación, con la falta de aire.
El estilo de Tallón, que ya en obras anteriores se había caracterizado por su ritmo preciso y su mirada lúcida, alcanza aquí una madurez particular. Su prosa no busca el efecto fácil ni el brillo verbal; se apoya en la observación exacta y en la respiración de la frase. Hay en su escritura una economía del lenguaje que se traduce en potencia expresiva. Cada párrafo parece avanzar con la cadencia de un pensamiento que se interrumpe, se dispersa y vuelve a concentrarse, igual que la mente del propio lector contemporáneo.
Uno de los aciertos de la novela es que no pretende moralizar ni ofrecer soluciones. No hay un discurso explícito sobre el malestar moderno, sino una exposición desnuda del ritmo en que vivimos. Tallón no denuncia: muestra. Y al mostrar, deja que el lector reconozca su propio reflejo en esos personajes que apenas tienen tiempo para detenerse, que viven atrapados en un bucle de actividad donde el descanso se convierte en un lujo.
A medida que el día avanza, Mil cosas adquiere un tono casi hipnótico. La repetición de acciones, los pequeños contratiempos, el calor opresivo, las voces que se cruzan, generan una atmósfera de tensión contenida. Nada extraordinario sucede, y sin embargo, todo parece a punto de estallar. La sensación de amenaza, de fragilidad, se filtra en cada escena, como si algo esencial pudiera quebrarse en cualquier momento.
En el fondo, esta es una novela sobre el tiempo: sobre cómo lo administramos, cómo lo perdemos, cómo lo padecemos. También es una reflexión sobre la desconexión emocional que produce el exceso de estímulos. En la vida de Travis y Anne no hay espacio para el silencio, para la atención o para la ternura; todo está programado, todo urge, todo se posterga. Tallón parece preguntarse qué queda de nosotros cuando la vida se reduce a la gestión del día.
El final, sobrio y preciso, no pretende cerrar una trama sino devolver al lector al punto de partida: a la conciencia de que la vida, al final, está hecha de esos fragmentos que no siempre alcanzamos a vivir del todo. Mil cosas no necesita giros dramáticos ni revelaciones; su fuerza radica en la capacidad de transformar lo cotidiano en materia literaria, de extraer sentido de lo aparentemente banal.
Lejos de ser una novela menor o anecdótica, Mil cosas condensa en su brevedad una radiografía generacional. Es el retrato de una época en la que todos hacemos demasiado, pensamos demasiado, acumulamos demasiado… y, aun así, sentimos que no hacemos lo suficiente. Con mirada lúcida y compasiva, Tallón pone el foco en esa fatiga silenciosa que atraviesa nuestra vida moderna.
En definitiva, Mil cosas es una obra pequeña en extensión pero enorme en resonancia. Una lectura que incomoda, como lo ha hecho conmigo y quizás por ello no me haya convencido totalmente.
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