Incierto perfume, el más reciente poemario de Juan Luis Bedins (Olé Libros, 2024), pertenece a esa categoría de obras que parecen escritas para ser habitadas despacio, como quien abre una ventana en la madrugada y deja que entre el aire antes de saber de dónde viene.


Desde su título, Bedins nos advierte: todo es incierto, incluso la belleza. El perfume del recuerdo, del amor, del tiempo vivido no se deja atrapar, pero queda suspendido en el aire, como una fragancia que persiste cuando la presencia ya se ha ido. Esa sensación atraviesa todo el libro, donde la memoria no es refugio ni consuelo, sino una forma de permanecer atentos al misterio de estar vivos.

El poeta, que ya ha demostrado una voz serena y firme en otros títulos, alcanza aquí una madurez expresiva que combina claridad y emoción sin caer en la retórica ni en el sentimentalismo. Sus versos son transparentes, pero no simples; contienen ese temblor que distingue a la poesía verdadera, aquella que no necesita levantar la voz para decir algo esencial.

Uno de los aciertos de Incierto perfume es su manera de hablar del tiempo. No como un enemigo que devora, sino como un aliado discreto que enseña a mirar de otra manera. Hay poemas que evocan los lugares de la memoria —una habitación de hotel, una calle del verano, un cuerpo amado— y en ellos late siempre la conciencia de lo que se escapa. Bedins escribe desde la madurez, pero sin amargura; con melancolía, sí, pero también con una alegría tranquila, esa que nace de haber aprendido que el paso del tiempo no borra, sino que transforma.

La suya es una poesía sensorial: la luz, los aromas, los silencios, el tacto de las cosas pequeñas. En sus versos hay un equilibrio entre el mundo exterior —el paisaje, el cuerpo, la noche— y el interior —la emoción, la pérdida, la gratitud—, sin fronteras visibles entre ambos.

Lo que más me ha conmovido del libro es esa mirada que no se rinde al desencanto. Bedins escribe sabiendo que el amor duele, que la vida envejece, que la memoria se desdibuja, pero sigue confiando en el poder de la palabra para fijar un instante de belleza. Su “incierto perfume” es, en el fondo, la persistencia de lo vivido: aquello que, aunque parezca desvanecerse, sigue oliendo a verdad.

No es un poemario para leer de un tirón. Es mejor abrirlo en cualquier página y dejar que el verso respire. Cada poema tiene su propio pulso, su pequeña luz. Y cuando se cierra el libro, uno siente que ha pasado por un espacio íntimo donde alguien ha pensado en voz baja lo que todos alguna vez hemos sentido: que la vida, incluso cuando duele, guarda un aroma irrepetible.

En tiempos de prisa y estridencia, Incierto perfume propone lo contrario: la lentitud, la contemplación, la palabra justa. Un libro que invita a detenerse y oler el aire —aunque no sepamos con certeza de dónde viene ese perfume, ni cuánto durará—.


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