La noche del 30 de octubre de 1938, Estados Unidos fue escenario de uno de los acontecimientos más sorprendentes de la historia de los medios de comunicación. Millones de oyentes, reunidos en torno a sus receptores de radio, creyeron que la Tierra estaba siendo invadida por extraterrestres. Lo que escuchaban no era un boletín informativo, sino una dramatización de La guerra de los mundos, la célebre novela de ciencia ficción escrita por H. G. Wells en 1898. El responsable de semejante revuelo fue un joven de tan solo veintitrés años llamado Orson Welles, que aún no imaginaba que aquella noche cambiaría su vida —y la historia de la comunicación— para siempre.
El contexto: una nación en tensión
El Estados Unidos de 1938 vivía un momento de incertidumbre. La Gran Depresión aún pesaba sobre la economía, Europa se encaminaba hacia la Segunda Guerra Mundial y las tensiones sociales y políticas eran palpables. La radio se había convertido en el medio más confiable y popular: millones de familias la escuchaban cada noche para seguir las noticias, los discursos del presidente Roosevelt o los programas de entretenimiento. Era, en esencia, la voz del mundo.
En ese contexto, el programa “The Mercury Theatre on the Air”, producido por Welles y su compañía teatral, se emitía todos los domingos por la cadena CBS. Cada semana adaptaban una obra literaria clásica. Aquella noche, la elegida fue La guerra de los mundos. Nadie sospechaba que esa elección, aparentemente rutinaria, desataría una tormenta nacional.
Una ficción demasiado real
La genialidad —y el peligro— de la emisión radicó en su estructura. En lugar de presentar la historia como un drama tradicional con narrador y diálogos, Welles decidió transformarla en un noticiero en directo. El programa comenzaba con una emisión musical aparentemente normal, interrumpida de pronto por un boletín urgente: una serie de explosiones habían sido detectadas en Marte. Minutos después, un “reportero” informaba desde Grovers Mill, Nueva Jersey, donde un objeto metálico se había estrellado. La tensión aumentaba con cada conexión: los marcianos emergían del cilindro y lanzaban rayos de calor; la policía era aniquilada; las tropas huían.
Los oyentes que sintonizaban la emisora en medio del programa —sin escuchar la introducción que aclaraba que se trataba de una dramatización— creyeron estar oyendo una invasión extraterrestre real. Los efectos sonoros, la improvisación de los actores y el tono grave de los locutores daban una sensación de inmediatez y autenticidad que muy pocos medios habían logrado hasta entonces.
El pánico: cuando la ficción se volvió noticia
Aunque los registros posteriores matizaron el alcance del fenómeno, los testimonios recogidos por la prensa de la época hablan de escenas de pánico. En algunos lugares, familias enteras salieron a las calles buscando refugio, mientras otras abandonaban sus casas con lo puesto para escapar del supuesto ataque marciano. Hubo personas que llamaron a las comisarías, a las emisoras de radio o a los hospitales pidiendo instrucciones. Las líneas telefónicas colapsaron y la policía de Nueva York recibió cientos de llamadas en pocas horas.
Los periódicos aprovecharon la situación al día siguiente, llenando sus portadas con titulares sensacionalistas: “La emisión de Welles causa pánico en Estados Unidos”, “Miles huyen creyendo en una invasión marciana”. La prensa escrita, celosa del poder creciente de la radio, no perdió la oportunidad de convertir el incidente en un escándalo y advertir sobre los riesgos del nuevo medio.
De esta forma, La guerra de los mundos se convirtió no solo en una dramatización de ciencia ficción, sino también en una poderosa lección sobre la influencia de la comunicación de masas y la vulnerabilidad del público ante la verosimilitud mediática.
Welles, el joven prodigio
Cuando Orson Welles apareció al día siguiente ante los periodistas, ofreció una disculpa que fue tan teatral como su emisión. Vestido de negro y con gesto contrito, aseguró que nunca había querido causar daño ni provocar miedo. Pero el daño ya estaba hecho: la fama lo había alcanzado. En pocos días, su nombre era conocido en todo el país, y Hollywood lo llamó para ofrecerle un contrato. Tres años más tarde, Welles dirigiría Ciudadano Kane, considerada aún hoy una de las obras maestras del cine moderno.
La emisión de 1938 fue, en cierto modo, su primer ensayo general: allí probó el poder de la narración sonora, la tensión psicológica y la manipulación del punto de vista, recursos que trasladaría más tarde a su lenguaje cinematográfico.
El mito y la realidad
Décadas después, estudios sociológicos y mediáticos —como el de Hadley Cantril en 1940— demostraron que el pánico no fue tan generalizado como se dijo. Solo un pequeño porcentaje de oyentes reaccionó con verdadero miedo. Sin embargo, el mito había nacido, y el episodio se convirtió en un símbolo de la credulidad colectiva y del potencial de los medios para moldear la percepción pública.
La anécdota también reveló algo profundo sobre el ser humano: la necesidad de creer, el poder de la palabra y el impacto emocional de una buena historia. Aquella noche, millones de personas sintieron que el mundo se acababa, no porque lo vieran, sino porque lo oyeron.
Una lección para la era digital
Hoy, más de ochenta años después, la emisión de La guerra de los mundos sigue siendo una advertencia vigente. En un tiempo dominado por las redes sociales, los bulos virales y la inteligencia artificial, el experimento de Welles adquiere una nueva lectura: demuestra que la tecnología puede convertir la ficción en realidad con una facilidad inquietante.
La diferencia es que, en 1938, la confusión duró unas horas; hoy, la desinformación puede extenderse en segundos y alcanzar millones de pantallas. La obra de Welles, involuntariamente profética, anticipó la era de la posverdad y de las noticias falsas, donde la credibilidad ya no depende de la veracidad, sino de la emoción que despierta en el oyente o el lector.
Epílogo: el eco de una noche marciana
Cada 30 de octubre, los historiadores de los medios recuerdan aquel momento en que una simple voz desde el éter sacudió a todo un país. Lo que empezó como un ejercicio de arte radiofónico se convirtió en un espejo de nuestras propias inseguridades. En esa mezcla de miedo y fascinación, La guerra de los mundos demostró que el poder de la narración —ya sea literaria, sonora o audiovisual— no reside solo en lo que cuenta, sino en cómo nos hace sentir que es real.
Esa noche, la humanidad descubrió que los verdaderos marcianos no estaban en Marte, sino en las profundidades de nuestra imaginación, o, quizás, no…
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