Cómo desaparecer completamente, reeditado por Anagrama, de Mariana Enríquez, pertenece a esa categoría de lecturas que dejan una huella física, una sensación de haber estado demasiado cerca del dolor. No el dolor espectacular ni heroico, sino ese que nace en los márgenes, en los hogares rotos, en los barrios donde nadie mira dos veces.
La historia sigue a Matías Kovac, un adolescente que vive en un suburbio del conurbano bonaerense. Su familia está destruida: un padre abusivo, una madre ausente, una hermana desfigurada por un intento de suicidio, un hermano que huyó a Europa dejando atrás solo unos cuadernos escritos. Todo en su entorno está marcado por la violencia y la resignación. Matías, sin embargo, todavía conserva un deseo: escapar. Irse. Desaparecer.
Ese verbo —desaparecer— recorre toda la novela como un mantra. Desaparecer del dolor, del barrio, del cuerpo, de la identidad impuesta. Enríquez lo utiliza con una ambigüedad que resulta perturbadora: ¿desaparecer es morir o salvarse? ¿Borrarse del mundo o reinventarse fuera de él? La respuesta nunca se formula, pero el texto entero vibra con esa pregunta.
La autora retrata un universo sin espacio para la ternura, donde la pobreza y la marginación son más que un telón de fondo: son un sistema que tritura. Y, sin embargo, dentro de esa sordidez, Enríquez deja destellos de belleza. Los cuadernos que escribe el hermano ausente, la música que Matías escucha, las frases que se repiten en su mente, todo eso se convierte en pequeñas formas de resistencia, en maneras de mantenerse vivo dentro de un mundo que no ofrece futuro.
Uno de los grandes aciertos de esta novela está en su tono: directo, seco, sin concesiones. Enríquez no busca conmover con melodrama, sino con verdad. Cada frase parece escrita con una rabia contenida. La narración, en primera persona, nos mete dentro de la mente de Matías, en su desconcierto y en su deseo de huir, y nos deja sentir su impotencia sin filtros.
También hay algo profundamente físico en su escritura. Los cuerpos aparecen heridos, deformes, drogados, mutilados, pero no son objetos de horror: son testimonio. Son cuerpos que denuncian. La hermana de Matías, Carla, con su rostro marcado, encarna esa dimensión monstruosa que Enríquez reivindica: la deformidad como forma de resistencia, como manera de decir “estoy aquí aunque me quieran borrar”.
A lo largo de la novela, el horror no proviene de lo sobrenatural, sino de lo real. Esa es la marca de Enríquez: mostrar que no hace falta un fantasma para sentir miedo, que lo verdaderamente terrorífico son las dinámicas de abuso, la pobreza estructural, la indiferencia social, la violencia que se hereda de generación en generación.
En cuanto al estilo, Cómo desaparecer completamente se lee con una mezcla de urgencia y desasosiego. Es una novela corta, pero densa, que avanza como un golpe en el estómago. El lenguaje, aunque sencillo, está cargado de energía. No hay adornos, pero sí ritmo y autenticidad. Se nota que Enríquez conoce los barrios que describe, que ha escuchado esas voces y respirado ese aire espeso.
Al cerrar el libro, no queda la sensación de haber encontrado una historia de redención, sino algo más ambiguo: una grieta, una posibilidad de seguir respirando en medio de la asfixia. El deseo de “desaparecer” se convierte, paradójicamente, en una afirmación de existencia.
Personalmente, me parece una de las obras más crudas y al mismo tiempo más sinceras de Mariana Enríquez. No tiene el refinamiento gótico de sus libros posteriores ni la sofisticación de sus relatos más conocidos, pero posee una fuerza emocional brutal. Es una novela escrita con las tripas, con una honestidad que duele.
Leerla es recordar que el horror no está en los monstruos, sino en los vínculos rotos, en las casas silenciosas, en los cuerpos que cargan con la culpa de otros. Y que, a veces, desaparecer no significa rendirse, sino encontrar una forma distinta de sobrevivir.
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