El 18 de octubre de 1741 nació en Amiens un hombre destinado a escandalizar a su siglo y a perdurar en todos los siguientes. Pierre Choderlos de Laclos fue militar, ingeniero, pensador y, sobre todo, un observador implacable de la naturaleza humana. En él convivían la precisión del estratega y la ironía del moralista ilustrado. Sirvió a su país con disciplina, pero fue en la literatura donde desplegó su auténtica artillería: la palabra.
De esa fusión entre la lógica del soldado y la lucidez del escritor nacería una obra única, Las amistades peligrosas, publicada en 1782. En ella, Laclos diseccionó con bisturí las pasiones de su tiempo y dejó al descubierto la anatomía del deseo, la hipocresía y la corrupción moral de la alta sociedad francesa.
El laboratorio del alma
Las amistades peligrosas es, en apariencia, una novela epistolar sobre intrigas amorosas, pero en realidad funciona como un laboratorio psicológico donde las emociones se someten a examen. A través de una red de cartas, los personajes revelan y ocultan sus pensamientos, sus máscaras y sus estrategias.
En ese juego de correspondencias, el lector se convierte en cómplice, testigo de un duelo entre inteligencia y deseo. Cada carta es una trinchera, cada palabra una maniobra. Laclos transforma la escritura en un arma y el amor en una guerra sin sangre visible, pero con heridas profundas.
Pierre Choderlos de Laclos no escribió más novelas aparte de Las amistades peligrosas. Esa fue su única obra narrativa extensa, y también la que le dio fama inmortal. Sin embargo, su producción literaria no se limita por completo a ella. Laclos escribió algunos textos menores y ensayos de carácter más intelectual o moral, además de versos y libretos.ista, crítico social y defensor de ciertas ideas igualitarias.
Paradójicamente, una sola novela bastó para asegurarle un lugar en la historia de la literatura. Laclos es uno de esos casos raros en los que una obra única basta para construir una posteridad entera.
Merteuil y Valmont: los artífices del juego
La marquesa de Merteuil y el vizconde de Valmont, maestros en el arte de la manipulación, dominan un mundo donde la seducción es poder y la inocencia, debilidad. Sus conquistas no buscan placer, sino victoria. En ellos, Laclos retrata el refinamiento y la podredumbre de una sociedad que ha convertido el deseo en cálculo y la pasión en espectáculo.
Merteuil, sin embargo, brilla con luz propia. Inteligente, fría, dueña de su destino, encarna a la mujer que se atreve a jugar con las mismas armas que los hombres. En un tiempo que confinaba a las mujeres a la obediencia, ella se alza como estratega y rival. Su caída final no borra su grandeza: la convierte en figura trágica, símbolo de una rebeldía sofocada por el orden patriarcal.
El espejo roto del Antiguo Régimen
Bajo la superficie de los juegos amorosos, la novela oculta una crítica feroz al mundo que la vio nacer. La aristocracia francesa aparece retratada con una lucidez casi profética: ociosa, cínica, decadente, ajena al temblor que precedía a la Revolución.
Laclos, que conocía de cerca esa sociedad, la desmenuzó sin piedad. En sus cartas, la elegancia convive con la crueldad, y el ingenio se usa para destruir. Las amistades peligrosas no es sólo un relato de pasiones, sino una elegía anticipada por un mundo que se derrumbaba.
El escritor y el soldado
Pese al escándalo que provocó su novela, Laclos continuó su vida militar. Participó en los albores de la Revolución Francesa y más tarde sirvió bajo las órdenes de Napoleón. Murió en Tarento, en 1803, víctima de disentería, lejos de su país, pero no de su fama. Había logrado lo que se propuso: escribir una obra que “hiciera ruido y permaneciera”.
Una obra inmortal
Desde entonces, Las amistades peligrosas ha sido leída, reinterpretada y adaptada en incontables ocasiones. Su lenguaje elegante y su crueldad refinada han inspirado a dramaturgos, cineastas y escritores de distintas épocas. En cada nueva versión —ya sea en los salones del siglo XVIII o en los pasillos de un instituto moderno—, la historia conserva su filo.
Y es que en el fondo la obra de Laclos habla de algo que no envejece: la relación entre el poder y el deseo, entre la palabra y la manipulación. Nadie escapa del juego, y quien cree dominarlo acaba, tarde o temprano, convertido en su víctima.
El arte de la seducción como espejo moral
Más de dos siglos después, Las amistades peligrosas sigue perturbando porque desnuda la verdad que la sociedad aún intenta ocultar: el amor no siempre es inocente, la inteligencia puede ser un arma, y la cortesía, una forma de violencia.
Laclos supo que la elegancia puede esconder veneno, y que la moral —esa máscara que todos llevamos— se resquebraja con la primera carta escrita en nombre del deseo. Por eso su novela, nacida en los albores de la Revolución, continúa viva: porque habla de nosotros, de nuestras ambiciones, de nuestras debilidades.
Con la serenidad de un estratega y la precisión de un psicólogo, Pierre Choderlos de Laclos convirtió la seducción en arte y la palabra en un espejo. Y aunque hace siglos que murió, su eco sigue resonando en cada lector que se atreve a mirar demasiado de cerca ese reflejo.
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