Cuando se habla de Yasmina Khadra (seudónimo de Mohammed Moulessehoul), suele recordarse su obra posterior, centrada en el terrorismo, los conflictos bélicos o el exilio. Sin embargo, antes de llegar ahí, Khadra construyó una serie policíaca en torno al comisario Llob que lo convirtió en un referente de la novela negra argelina. El loco del bisturí (1990) pertenece a ese ciclo fundacional y nos muestra ya desde el inicio una escritura madura, cargada de lirismo, donde el género policíaco se funde con la denuncia social y la poesía de lo terrible.
La trama comienza con una sucesión de crímenes espantosos en Argel: las víctimas aparecen mutiladas con una precisión quirúrgica. El caso recae en el comisario Llob, un hombre marcado por el desencanto, que pronto descubre que la investigación lo llevará más allá del crimen en sí: hacia las cloacas del poder, la corrupción y el deterioro moral de un país herido.
La investigación avanza entre pistas falsas, sospechosos inquietantes y un asesino que parece reflejar la locura latente en la sociedad argelina. Lo esencial, sin embargo, no es solo resolver el enigma, sino la mirada lúcida y amarga con la que Llob retrata a su tiempo.
Técnica narrativa
Khadra dota a la novela de una técnica muy personal:
- Lenguaje poético dentro del género negro: frente a la sequedad típica del thriller, Khadra recurre a un estilo cargado de metáforas y un lirismo sombrío, que hace que la belleza verbal contraste con la sordidez de lo narrado.
- Ritmo ágil y fragmentado: la narración avanza en secuencias rápidas, casi cinematográficas, alternando entre acción, diálogos y reflexiones del comisario.
- Atmósfera opresiva: Argel se convierte en un personaje más, descrita con un realismo casi sensorial que refleja la decadencia social.
- Hibridación de géneros: la novela es policíaca, pero también existencialista y política: el asesino es un misterio, pero el país lo es aún más.
Comparación con otros autores de su época
Situar El loco del bisturí en el contexto internacional de la novela negra permite entender su singularidad.
- Jean-Patrick Manchette (Francia): en los años 80, Manchette renovaba el polar francés con un estilo seco y minimalista. Como Khadra, mostraba un mundo corroído por el cinismo y la violencia política, aunque con un lenguaje mucho más austero.
- Henning Mankell (Suecia): con Asesinos sin rostro (1991), Mankell daba vida al inspector Wallander, otro policía desencantado que observa la degradación de su sociedad. La coincidencia está en la función del detective como cronista de su tiempo.
- James Ellroy (Estados Unidos): con La Dalia Negra (1987) y L.A. Confidential (1990), Ellroy exploraba la corrupción y la violencia urbana. Coincide con Khadra en la brutalidad y el trasfondo político, aunque su estilo telegráfico contrasta con el lirismo de Khadra.
- Manuel Vázquez Montalbán (España): con Carvalho, Montalbán mostraba la España de la transición con ironía y crítica política. Khadra comparte la mirada social, pero con un tono más visceral y menos irónico.
En conjunto, El loco del bisturí forma parte de una corriente internacional de novela negra que, más allá del crimen, buscaba retratar sociedades en crisis.
Evolución de Yasmina Khadra
Lo interesante de leer El loco del bisturí hoy es comprobar cómo en esta etapa temprana Khadra ya ensayaba muchas de las claves de su obra posterior. El lirismo, la mirada desencantada y la preocupación por la violencia estructural aparecen aquí en germen, pero más adelante el autor expandirá su campo de acción.
Tras el ciclo del comisario Llob, Khadra abandonará la novela policíaca convencional y se adentrará en territorios más amplios y arriesgados: la guerra de Afganistán en Las golondrinas de Kabul (2002), el terrorismo islamista en Los atentados (2005), la guerra de Irak en Lo que el día debe a la noche (2008). Su literatura deja de centrarse en el crimen individual para abordar la violencia colectiva, el exilio y la tragedia política global.
La evolución es clara: del asesino en serie como reflejo de una sociedad rota, Khadra pasa a los grandes conflictos históricos y a la exploración de la condición humana frente a la barbarie. Pero en todos los casos mantiene sus señas de identidad: la denuncia, la poesía en medio de la violencia y la convicción de que la literatura puede ser un testimonio moral.
Valoración final
El loco del bisturí no es solo una novela negra argelina: es la semilla de un proyecto literario mayor. A través del comisario Llob, Khadra aprendió a mirar a su país con crudeza y compasión, y a usar el género negro como herramienta de análisis social. Su posterior evolución demuestra que, aunque dejó atrás el policial, nunca abandonó esa vocación: hacer de la literatura un espejo incómodo de la realidad.
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