Hay novelas que hablan de nuestro presente disfrazado de futuro. Arcología (Reino de Cordelia, 2025), la nueva obra de Juan Miguel Aguilera, pertenece a esta categoría. Es ciencia ficción, sí, pero de la que incomoda porque nos muestra un reflejo amplificado de lo que ya estamos construyendo.


El escenario central es la colosal Xingfú Weilái, una ciudad vertical encerrada en una pirámide de cristal capaz de albergar a un millón de habitantes. Basta con imaginar esa mole en la costa bretona para sentir la mezcla de fascinación y claustrofobia que desprende. Aguilera aprovecha su formación como diseñador industrial para dotar a la arcología de una materialidad casi palpable: uno lee y cree estar viendo los pasillos, las plataformas, los sistemas de control que lo regulan todo. Es un mundo cerrado, autosuficiente, utópico en apariencia… pero que pronto se revela como un espacio de vigilancia total.

La trama arranca con un asesinato dentro de este lugar donde, en teoría, nada puede escaparse a las cámaras ni a los algoritmos. No es un simple misterio policial, porque el autor juega con nuestras expectativas: desde muy temprano sabemos quién es el asesino. Lo que se nos oculta, lo importante, es por qué se ha producido ese crimen en un entorno supuestamente perfecto. Esa inversión del esquema clásico convierte la lectura en un ejercicio de exploración psicológica y social, donde cada detalle cuenta más por lo que revela del sistema que por lo que añade al enigma.

Los personajes principales, Kiang An-An, jefa de seguridad, y Erwan Le Bihan, capitán francés, encarnan dos formas de mirar esa ciudad cerrada: la del poder que quiere controlarlo todo y la del observador externo que sospecha de tanta perfección. La tensión entre ambos, tanto en lo profesional como en lo personal, da cuerpo a la historia y evita que el relato quede reducido a un simple artefacto especulativo.

Técnica narrativa y estilo

Aguilera combina su prosa directa y clara con recursos narrativos que dotan al libro de una textura muy contemporánea. Entre capítulos aparecen fragmentos de anuncios, mensajes y retazos mediáticos que amplían el mundo narrativo. Son como pequeños cortes publicitarios que nos recuerdan que esa sociedad, igual que la nuestra, vive rodeada de ruido y de propaganda. Estos insertos no solo dan ritmo, sino que también funcionan como crítica irónica: nos muestran cómo el poder vende la arcología como un “futuro feliz” mientras se esconde la pérdida de libertad que implica vivir bajo vigilancia permanente.

La narración fluye con un ritmo de thriller, con escenas cortas, diálogos tensos y descripciones visuales que recuerdan a la cámara de cine. Sin embargo, bajo esa capa de agilidad late un sustrato reflexivo: cada capítulo deja preguntas más que respuestas, como si el lector estuviera participando en un experimento social además de en una historia de misterio.

Temas y resonancias

Personalmente, lo que más me ha impresionado de Arcología no es la espectacularidad de su escenario ni la trama policíaca —aunque ambas funcionan de maravilla—, sino la manera en que la novela dialoga con nuestra realidad inmediata. Habla del cambio climático, de la dependencia tecnológica, de la cesión de privacidad a cambio de seguridad, de la tentación de entregar nuestra intimidad a un sistema que nos promete orden y bienestar. Y lo hace sin sermones, dejando que sea la propia historia la que nos obligue a plantearnos esas preguntas.

Hay un trasfondo de melancolía en todo el libro: la sensación de que, por muy avanzada que sea la tecnología, la naturaleza humana arrastra siempre sus sombras. El amor, el odio, la venganza… nada de eso desaparece tras las paredes de cristal de una ciudad perfecta. Aguilera nos recuerda que la utopía es frágil porque siempre depende de nosotros, con nuestras virtudes y nuestros defectos.

Comparación con otras obras del autor

Dentro de la trayectoria de Juan Miguel Aguilera, Arcología se percibe como una obra de madurez. En novelas anteriores como La locura de Dios el autor exploraba escenarios vastos, llenos de especulación científica e histórica, con un fuerte sentido de la aventura y la maravilla cósmica. Allí predominaba el despliegue de universos complejos y expansivos, donde la imaginación se disparaba hacia lo cósmico o lo medieval reinterpretado.

Aquí, en cambio, la mirada se estrecha y se vuelve más íntima: en lugar de una galaxia o un pasado mítico, tenemos un edificio; en lugar de imperios interplanetarios, una ciudad amurallada de cristal. Lo grandioso no desaparece —la arcología es un espectáculo arquitectónico—, pero queda al servicio de una historia humana. Se podría decir que Aguilera ha pasado de la ciencia ficción de lo épico a la ciencia ficción de lo cercano, de lo que roza nuestra vida cotidiana.

En ese sentido, Arcología se acerca más a la tradición del thriller distópico que a la space opera, y muestra un interés especial por los dilemas sociales y políticos de nuestro tiempo. Es, a su manera, una obra espejo: menos sentido de la maravilla y más sentido de advertencia.

Conclusión

Arcología es, en definitiva, una novela apasionante, que se lee con la velocidad de un thriller pero deja en el lector el poso reflexivo de una fábula moral. Es uno de esos libros que, al cerrarlos, nos invitan a mirar a nuestro alrededor y a preguntarnos cuánto falta para que lo que parece ciencia ficción se convierta en realidad. Para mí, lo más valioso es esa mezcla de maravilla y desasosiego, de espectáculo visual y reflexión íntima, que hace de la lectura una experiencia tan entretenida como perturbadora.


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