Cómo Jakob von Gunten y los “microgramas” influyen en la literatura fragmentaria actual
Robert Walser (1878-1956) es una figura singular en la literatura europea del siglo XX. Su obra transita entre lo invisible y lo esencial, entre la modestia expresiva y una profundidad insólita. Si en vida fue un autor periférico, hoy se le reconoce como uno de los grandes precursores de la literatura moderna. Su estilo, marcado por la atención a lo mínimo, por la ironía y la ligereza, ha encontrado eco en muchos escritores contemporáneos que exploran la escritura fragmentaria.
Robert Walser fue un escritor suizo en lengua alemana, maestro en el arte de lo diminuto y lo fragmentario. Nacido en Biel, llevó una vida errante, marcada por oficios modestos —empleado de oficina, criado, copista— que luego transformó en materia literaria.
Su obra incluye novelas como Los hermanos Tanner (1907), El ayudante (1908) y Jakob von Gunten (1909), donde explora con ironía y delicadeza temas como la obediencia, la invisibilidad social y la tensión entre grandeza y modestia.
Walser también cultivó la prosa breve: bocetos, escenas, aforismos y relatos que parecen apuntes al margen pero que encierran una visión única de la existencia. Su proyecto más singular fueron los “microgramas”: más de quinientos manuscritos escritos en una caligrafía diminuta, sobre papeles reciclados, que durante años se creyeron garabatos y hoy son considerados piezas fundamentales de la literatura moderna.
Tras sufrir crisis nerviosas, pasó las últimas décadas de su vida en instituciones psiquiátricas, en un retiro casi absoluto. Murió el día de Navidad de 1956 durante un paseo por la nieve.
Redescubierto póstumamente, Walser ha sido admirado por escritores como Franz Kafka, Walter Benjamin, W. G. Sebald o Susan Sontag. Su legado perdura como una poética de lo mínimo, donde la discreción, la brevedad y la fragmentación se convierten en una forma radical de resistencia frente a lo monumental.
Jakob von Gunten: la escuela de la insignificancia
Publicada en 1909, Jakob von Gunten es quizá la novela más célebre de Walser. Ambientada en el Instituto Benjamenta, una escuela de criados, el libro despliega un tono paradójico: en apariencia trivial, pero cargado de lucidez sobre el poder, la obediencia y el deseo de desaparecer.
El narrador, Jakob, se declara a sí mismo “un cero”, un aprendiz que abraza con ironía la anulación de su voluntad. El relato se construye a través de anotaciones breves, casi apuntes de diario, que componen un mosaico de escenas y reflexiones. No hay una trama lineal fuerte, sino una sucesión de fragmentos que juntos conforman una mirada crítica y poética sobre el lugar del individuo en la sociedad.
Los “microgramas”: escritura en miniatura
Quizá el gesto más radical de Walser fue su escritura en los llamados microgramas: más de quinientos textos redactados en letras microscópicas, a menudo en papeles reutilizados, donde desarrollaba relatos, escenas, aforismos y reflexiones. Durante décadas se pensó que eran garabatos sin sentido; no fue hasta los años setenta cuando se descifró que se trataba de un corpus literario secreto.
La miniaturización no era un mero capricho: respondía a su poética de lo diminuto. Walser reducía la escritura al tamaño más pequeño posible, como si el acto literario debiera escapar de toda grandilocuencia. En esa reducción hay un manifiesto: la literatura puede ser leve, lateral, casi invisible, y al mismo tiempo intensamente reveladora.
Influencia en la literatura fragmentaria actual
La obra de Walser, y en particular Jakob von Gunten y los microgramas, anticipa una forma de literatura que hoy se ha vuelto central: la fragmentaria. Escritores como Enrique Vila-Matas, Peter Handke, Lydia Davis, César Aira o incluso la narrativa digital y autoficcional contemporánea encuentran en Walser un antecedente clave.
Su apuesta por lo breve, lo discontinuo, lo irónico y lo marginal resuena en un tiempo donde los relatos ya no buscan necesariamente la totalidad, sino el destello, la escena aislada, la intuición. El fragmento, más que un resto, se convierte en forma autónoma.
La vigencia de lo pequeño
Hablar de Walser hoy es hablar de una ética y una estética de lo mínimo. En un mundo saturado de discursos, su escritura propone otra escala: la de la miniatura, lo íntimo, lo que apenas se roza. Esa poética de lo diminuto no es evasión, sino resistencia: es el modo en que Walser se niega a participar de lo monumental para reivindicar la fragilidad como centro de la experiencia literaria.
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