Desde mediados del siglo XIX hasta hoy, la literatura espiritista ha sido un cruce fascinante entre misticismo, creación literaria e interrogantes sobre la autoría. Médiums que aseguran transcribir novelas, cartas o poemas dictados por almas desencarnadas; autores que escriben “poseídos”; textos que reclaman su origen en otra dimensión. ¿Fraude, fenómeno psíquico, o manifestación del inconsciente creativo?


El caso Geraldine Cummins: el Evangelio según los muertos

Una de las autoras más notorias del espiritismo británico fue Geraldine Cummins (1890–1969). Escritora, médium y figura controvertida, Cummins afirmaba recibir mensajes automáticos de una entidad llamada “Cleofás”, supuestamente contemporáneo de San Pablo. El resultado fue una serie de libros como The Scripts of Cleophas y The Road to Immortality.

Estos textos eran redactados en trances de escritura automática. No se trataba solo de consejos espirituales, sino de elaboradas narraciones históricas que pretendían revelar hechos del cristianismo primitivo. Aunque muchos estudiosos encontraron inconsistencias históricas, lo sorprendente era el estilo sobrio y coherente de la prosa, que Cummins atribuía totalmente al dictado espiritual.

Chico Xavier: poesía del más allá en Brasil

Tal vez el caso más espectacular sea el de Chico Xavier (1910–2002), figura emblemática del espiritismo en Brasil. Su obra Parnaso de Além-Túmulo (1932), escrita mediante psicografía, contiene más de 250 poemas atribuidos a 56 autores fallecidos, como Olavo Bilac, Augusto dos Anjos o Cruz e Sousa. Cada texto parecía replicar el estilo característico del poeta en vida.

La crítica se dividió entre la sospecha de imitación bien lograda y la posibilidad de un “plagio mediúmnico”. Pero incluso escépticos admitieron la fuerza literaria del volumen. Xavier escribiría más de 400 libros, nunca atribuyéndose el mérito: “Yo no soy autor, soy apenas el lápiz”.

Emily Grant Hutchings y Mark Twain redivivo

En 1917, la estadounidense Emily Grant Hutchings publicó una novela titulada Jap Herron, que afirmaba haber recibido a través de la ouija de nada menos que… Mark Twain, fallecido en 1910. El libro —una sátira rural al estilo twainiano— causó revuelo. Los herederos del escritor demandaron a Hutchings por uso indebido del nombre, aunque nunca se probó fraude intencional.

El texto, aunque inferior a las obras reales de Twain, conservaba cierto aire burlesco y un ritmo narrativo que hizo dudar a algunos lectores. ¿Podía una médium recrear una voz literaria con tanta fidelidad? ¿O era más bien una jugada de marketing envuelta en mística?

Las Brontë y los mundos interiores: ¿espíritus o imaginación poseída?

Aunque Charlotte y Emily Brontë nunca afirmaron ser médiums, sus juvenilia (como los mundos de Angria y Gondal) surgieron de una intensidad imaginativa que rozaba lo trance. Escribían en minúsculos manuscritos, aseguraban oír las voces de sus personajes y hablaban de “dictados” creativos.

Muchos estudiosos han propuesto que este tipo de creación —intensa, obsesiva, involuntaria— tiene similitudes con la escritura mediúmnica. En este caso, el «espíritu» no vendría de fuera, sino del inconsciente creador.

Fernando Pessoa: el médium literario de sí mismo

Pessoa (1888–1935) no fue espiritista en el sentido clásico, pero sí un ejemplo radical de disociación creativa. Creó decenas de heterónimos —poetas y pensadores con estilos, ideas y fechas de nacimiento propias— que él decía canalizar, no inventar. En cartas, describía cómo sentía “venir” a estos autores, como si le dictaran desde otro plano.

Uno de ellos, el maestro Alberto Caeiro, fue para Pessoa su “maestro espiritual”, a quien incluso algunos de sus otros heterónimos citaban. El fenómeno tiene ecos de lo espiritista, pero tamizado por una visión estética, moderna y profundamente psicológica.

El inconsciente como médium: automatismo y surrealismo

En los años 20, los surrealistas retomaron el automatismo psíquico como forma de creación artística. Escritores como André Breton o Robert Desnos practicaban la escritura en estado de trance, en parte inspirados por las sesiones espiritistas y por la teoría freudiana del inconsciente. En estos casos, el “espíritu” era reemplazado por el subconsciente, pero la lógica era similar: el yo debía callar para que hablara algo más profundo.

¿Quién escribe cuando escribimos?

La literatura espiritista no debe leerse solo como una curiosidad paranormal. Es, también, una metáfora poderosa sobre la creación: la idea de que el escritor no es dueño de su obra, sino canal de una voz —ya sea un muerto, un arquetipo, un trauma o una memoria colectiva. En cada frase que escribimos, hay algo de ventriloquia.

Quizá por eso, estos textos fascinan incluso a los escépticos. No importa si fueron dictados por fantasmas o por un yo dividido. Lo inquietante es que existen, y que a veces nos conmueven más que muchas obras convencionales.


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