El 10 de junio de 1902 fallecía en Vallvidrera uno de los nombres imprescindibles de la literatura catalana: Jacinto Verdaguer (1845–1902). Poeta, sacerdote y símbolo del renacimiento cultural catalán del siglo XIX, Verdaguer no solo revitalizó una lengua que había sido marginada durante siglos, sino que la convirtió en vehículo de una poesía ambiciosa, épica y profundamente espiritual. Su figura, a medio camino entre el fervor religioso y la sensibilidad romántica, sigue siendo esencial para comprender la literatura catalana contemporánea.
Una vida consagrada a la palabra y a Dios
Nacido en Folgueroles, en la comarca de Osona, Jacinto Verdaguer fue un niño precoz y devoto, marcado por la religiosidad y por la belleza natural de su entorno. Desde joven mostró interés por las letras y, tras ingresar en el seminario de Vic, comenzó a escribir sus primeros versos en catalán, en un contexto de fuerte castellanización cultural.
Su ordenación sacerdotal en 1870 no lo apartó de la literatura. Al contrario: su vocación religiosa impregnó toda su obra, dando lugar a una poesía que buscaba lo sublime, lo trascendente, pero que también sabía mirar con amor las montañas, los mares y los mitos de su tierra.
L’Atlàntida y Canigó: el despertar de una lengua
El gran reconocimiento llegó en 1877, cuando ganó los Juegos Florales de Barcelona con su poema épico L’Atlàntida, obra que más tarde merecería el elogio de figuras como Víctor Hugo. En esta pieza monumental, Verdaguer reimagina la historia del continente perdido desde una perspectiva catalana y cristiana, fundiendo mitología, geografía y misticismo.
Aún más influyente sería Canigó (1886), considerada su obra maestra. Ambientada en los Pirineos, la epopeya narra el conflicto entre el amor y el deber cristiano, y está plagada de símbolos que dialogan con la historia de Cataluña y su paisaje. Con una musicalidad envolvente y un aliento casi operístico, Verdaguer logra en Canigó una de las cimas de la lírica moderna en lengua catalana.
Modernidad y renacimiento cultural
Aunque profundamente religioso y conservador, Verdaguer se convirtió, casi sin proponérselo, en un emblema del Renaixement, el movimiento de recuperación cultural y lingüística que buscaba restaurar el prestigio de la lengua catalana. Su poesía, rica en imágenes, tradiciones y espiritualidad, ofreció un modelo de cómo el catalán podía volver a ser una lengua literaria plena, capaz de competir con las grandes tradiciones europeas.
En este sentido, su influencia fue decisiva para los poetas modernistas y para toda la literatura catalana del siglo XX. Su prestigio lo llevó incluso a protagonizar tensiones con el poder eclesiástico y político, especialmente cuando su vida espiritual derivó hacia el misticismo y fue apartado de sus funciones sacerdotales en la corte de los marqueses de Comillas.
El legado del poeta
Jacinto Verdaguer murió en 1902, a los 57 años, en un retiro casi forzoso, aunque rodeado por el respeto popular y el reconocimiento institucional. Hoy, más de un siglo después, sigue siendo una figura esencial no solo por su calidad poética, sino por haber sido capaz de insuflar alma, emoción y grandeza a una lengua que había estado silenciada durante siglos.
Su nombre da título a premios, escuelas, calles y fundaciones. Su poesía ha sido musicalizada, recitada, estudiada y traducida a decenas de idiomas. Y sus versos siguen vibrando en la memoria cultural de Cataluña y del mundo.
Un canto a las montañas: la voz de Canigó
Lo Canigó és una muntanya / que s’alça bella i gegant, / i que entre el cel i la terra / fa de pont triomfal i sant.
(Canigó, 1886)
Con estos versos, Verdaguer resumía su aspiración: unir el cielo y la tierra, la belleza natural y la búsqueda espiritual, la historia mítica y la lengua viva. En el aniversario de su muerte, su figura se impone como un recordatorio de cómo la poesía puede ser patria, fe, y también revolución.
Descubre más desde El baúl de Xandris
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
