DESTRUCTORA
En estos días de confinamiento, pasados los primeros, me urge tenerlo todo ordenado, ser útil y no pasarme todo el día leyendo o viendo series. Llega un momento en que tienes que activarte con algo más, ocupar tu mente con algo que no sean las terribles noticias que llegan del exterior.
Y es entonces que te pones a ordenar un armario, cuyos cajones no se han abierto en años, llenos de papeles.
Ocupas dos o tres días, leyéndolos, revisando cada documento. Una foto de tu hermano adolescente que va a cumplir 49, la carta de tu sobrina, con dos hijas, que te escribió para darte las gracias por los libros que le habías llevado, o el periódico que te escribió, cuando apenas sabía, hablando de la guerra de Irak. Y qué decir de la nota de tu hermana que entonces tendría cuatro o cinco años en la que me pedía que fuera buena y le dejará mis muñecas y mis pinturas que quería ser mi amiga.
Cuantos recuerdos que se desvanecen y sin embargo atesoro, mientras arrojo facturas de objetos y restaurantes, entradas a conciertos y museos, billetes de tren y extractos bancarios de más de 20 años de antigüedad a la Destructora de Mundos, pues esos documentos esconden los deseos de cosas que no duran eternamente, no como los recuerdos inocentes de cuando éramos más jóvenes.
©Sandra de Oyagüe
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